El Greco - Fray Hortensio Félix Paravicino
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- El Greco obras de arte
Año 1609
Óleo sobre lienzo, 112 x 86,1 cm Boston, Museum of Fine Arts
Movimiento artístico: Manierismo
El fraile dominico Hortensio Félix Paravicino y Arteaga, nacido en Madrid en 1580 de familia originaria de Italia, conoció a El Greco en los últimos años de la vida del pintor, y esa amistad tardía dio lugar a uno de los retratos más soberbios de toda la pintura española. Paravicino no era un religioso cualquiera, con apenas veintinueve años ya ocupaba la cátedra de retórica en la Universidad de Salamanca, y se contaba entre los intelectuales más brillantes de la España de Felipe III, poeta y orador de renombre, amigo íntimo del gran Luis de Góngora, cuya influencia se percibe claramente en su propio estilo literario.
La devoción de Paravicino hacia El Greco quedó documentada por escrito de manera excepcional. Le dedicó cuatro sonetos, publicados póstumamente en 1641 en el volumen Obras póstumas, divinas y humanas, entre los cuales figura el célebre verso «Creta le dio la vida y los pinceles, Toledo mejor patria, donde empieza a lograr con la muerte eternidades». Otro de esos sonetos elogia expresamente este mismo retrato, que el pintor le había hecho «a los veintinueve años», un dato biográfico de un valor inestimable para los historiadores del arte, ya que permite fechar la obra con precisión en el año 1609. El propio Góngora, amigo cercano de Paravicino, compondría además tras la muerte de El Greco un soneto dedicado a su tumba, testimonio de que el círculo literario madrileño reconocía plenamente el genio del pintor cretense.
El resultado pictórico de esta amistad es un retrato de extraordinaria naturalidad, en el que El Greco traduce el carácter, el estado de ánimo y la formación intelectual del personaje a través de rasgos faciales precisos y gestos mínimos pero cargados de significado. El fraile aparece sentado en una gran silla de cuero, con el cabello ligeramente alborotado y una mirada viva dirigida fuera del propio espacio del cuadro, marcada por una leve asimetría, el ojo derecho levemente estrábico, un detalle fisonómico que el pintor no disimula sino que integra con naturalidad en la composición general.
Las manos delicadas del retratado, una apoyada sobre el brazo del sillón y la otra descansando sobre dos libros de tamaño y forma distintos, aluden probablemente a los diversos intereses intelectuales de Paravicino, la poesía, contenida quizás en el volumen más pequeño, y la oratoria sagrada, representada por el de mayor tamaño, la disciplina que lo había hecho célebre como uno de los predicadores más admirados de la corte española. Esta imagen, junto con el Retrato del cardenal Niño de Guevara, se cuenta entre las obras maestras absolutas de la pintura española, capaz de expresar simultáneamente inteligencia, vitalidad y una profunda intimidad psicológica que demuestra el nivel excepcional alcanzado por El Greco en el género del retrato durante la última década de su vida.
A este mismo periodo pertenecen otros retratos extraordinarios del pintor, el de Diego de Covarrubias conservado en el Museo del Greco de Toledo, el de un prelado anónimo del Kimbell Art Museum de Fort Worth, y el del jurista toledano Jerónimo de Cevallos, hoy en el Museo del Prado, un conjunto que confirma que la última fase de la carrera de El Greco, lejos de suponer un declive creativo, representó en realidad una de sus etapas más fecundas dentro del género retratístico.
Lo que distingue especialmente a este retrato de otros encargos similares es la naturaleza misma del vínculo entre pintor y modelo, una amistad genuina entre dos hombres de generaciones distintas, unidos por una admiración mutua que trascendía la simple relación comercial entre artista y comitente. Paravicino no encargó este retrato como un mero ejercicio de vanidad personal, sino como un homenaje sincero a un pintor al que consideraba, según sus propios versos, capaz de lograr con la muerte una eternidad artística que Toledo, su patria de adopción, había sabido reconocer mejor que la propia Creta que lo había visto nacer.
Esa dimensión afectiva explica en parte la extraordinaria naturalidad de la pose y de la expresión del fraile, muy alejada de la rigidez protocolaria que caracterizaba buena parte de la retratística cortesana de la época. El Greco no estaba representando a un desconocido distante sino a un amigo cuya inteligencia y sensibilidad literaria conocía de primera mano, y esa familiaridad se traduce visualmente en una intimidad psicológica que sigue conmoviendo a quien contempla hoy el cuadro en el Museum of Fine Arts de Boston.