Dalí - Bañistas en la Costa Brava (Bañistas en Llané)
- Detalles
- Salvador Dalí obras de arte
1923
Oleo sobre cartón,
72 x 103 cm
Colección particular

A comienzos de los años veinte, cuando todavía era un joven pintor formándose en la Academia de San Fernando de Madrid, Salvador Dalí regresaba cada verano a Cadaqués, el pueblo pesquero de la Costa Brava donde su familia poseía una casa junto al mar. Fue en esos veranos, observando la vida cotidiana de la playa desde la propia casa paterna o durante sus paseos por los alrededores, cuando el joven artista encontró buena parte de los temas de sus cuadros de juventud. Bañistas en la Costa Brava nace precisamente de esa mirada íntima y familiar sobre un paisaje que Dalí conocía de memoria.
La luz mediterránea, a la que el propio pintor atribuiría muchos años después buena parte de los logros de su arte, inunda esta composición que representa a veinticuatro mujeres jóvenes de formas exuberantes bañándose en la playa de Llané, justo enfrente de la casa del artista. El detalle del cabello, negro, largo y recogido en una trenza, se repite en todas las figuras, lo que ha llevado a pensar que Dalí trabajó a partir de una misma modelo representada en distintas actitudes y posturas, un recurso habitual en la pintura académica de la época para estudiar el cuerpo humano desde múltiples ángulos sin necesidad de varias sesiones de posado.
Dos grandes siluetas blancas de barcas dominan la composición; en ellas algunas de las bañistas aparecen tendidas o son sorprendidas en el momento de subir a bordo. Estas embarcaciones recuerdan las que poseía el padre del pintor, que tenía al menos dos, utilizadas sobre todo para las excursiones vespertinas por el mar que la familia Dalí disfrutaba durante las vacaciones estivales. Es un cuadro, por tanto, cargado de memoria familiar además de ambición artística.
Resulta difícil no reconocer en esta obra las sugestiones de las Bañistas de Cézanne, tema clásico que el maestro francés había explorado en múltiples versiones, y de los paisajes marinos de Georges Seurat. La técnica puntillista empleada por Dalí, con pequeñas pinceladas de color yuxtapuestas, otorga al conjunto una vibración cálida y sensual a través de la cual se percibe la atmósfera plácida de una soleada tarde de verano, a pesar del predominio casi monocromo del blanco y el azul.
Este cuadro no es un caso aislado dentro de la producción juvenil de Dalí. Ya había pintado la misma playa en una obra de 1921 en la que se reconocen algunos miembros de su familia en primer plano y, al fondo, el pueblo de Cadaqués con sus casas blancas resplandeciendo bajo un cielo nublado. Esta insistencia en un mismo escenario revela hasta qué punto la costa catalana funcionaba para el joven artista como un laboratorio visual constante, un lugar al que regresaba una y otra vez para experimentar con distintas técnicas antes de encontrar su propio lenguaje.
Conviene situar estas obras dentro del contexto artístico catalán de la época, marcado por el Noucentisme, movimiento que reivindicaba un clasicismo mediterráneo frente a las corrientes más disruptivas del arte europeo. Dalí, todavía lejos del Surrealismo que definiría su madurez, se mueve aquí entre la tradición pictórica francesa del puntillismo y esa luz mediterránea que los intelectuales catalanes de su generación consideraban una seña de identidad cultural. Es en estos años de aprendizaje, entre Cadaqués y Madrid, donde se fraguan muchas de las obsesiones visuales que reaparecerán transformadas en su obra surrealista posterior.
Conviene recordar que la técnica puntillista que Dalí emplea aquí no era en absoluto una moda pasajera en la España de los años veinte, sino el eco tardío de un debate estético que había recorrido Europa desde finales del siglo XIX, cuando Georges Seurat y Paul Signac formularon los principios del llamado Divisionismo o Neoimpresionismo, basados en la yuxtaposición de pequeñas pinceladas de color puro que el ojo del espectador funde a distancia. Que un joven artista catalán recurriera todavía a este lenguaje en 1923 demuestra hasta qué punto la formación académica española de la época miraba hacia Francia con cierto retraso cronológico, algo que el propio Dalí superaría con rapidez apenas un par de años después, cuando comenzó a absorber las novedades del Cubismo y, poco después, del Surrealismo naciente.