Vincent van Gogh - La habitación de Van Gogh en Arles

1888
Óleo sobre lienzo,

72 x 90 cm

Amsterdam, Van Gogh Museum

Vincent van Gogh - La habitación de Van Gogh en Arles

Vincent realizó diferentes versiones de este célebre cuadro, que representa su habitación en la Casa Amarilla en Arles. El cuadro, quizá aún más que muchos autorretratos, nos introduce en la dimensión íntima, privada, del artista. Éste se caracteriza, por un uso subjetivo de los colores, que, en intención de Van Gogh, tenía un significado simbólico. Recurrió además al proceso de síntesis de las formas aprendido de las estampas japonesas, que declaró explícitamente haber tomado como modelo para esta pintura. Describiendo la obra a su hermano explicaba que "desde el momento en el que la simplificación da a los objetos un tono más marcado, el resultado es una impresión de "reposo" [...] En una palabra, mirando el cuadro, uno debería dejar descansar el cerebro o, mejor dicho, la imaginación" (carta a Theo 554, segunda mitad de octubre de 1888). En efecto, al contrario que la mayoría de los cuadros, como el Café por la noche, Vincent escogió tonos tenues y el acorde principal de ocre y azul tiene sin duda un efecto tranquilizador sobre el observador. El espacio, abierto a nuestra mirada, parece acogernos, invitando al silencio y al recogimiento. Todos los objetos las sillas, la mesita, los cuadros de las paredes se dirigen hacia el interior, dando la idea de un ambiente proyectado, mientras la ventana cerrada del fondo y las dos puertas de los lados eliminan cualquier riesgo de claustrofobia perceptiva. Incluso el color está aplicado con una factura lisa, sin recurrir a las pinceladas espesas y pastosas ni a los toques breves y enérgicos tan característicos de su arte. Vincent, en suma, ha representado una isla feliz, el ideal doméstico, ordenado y armonioso que respondía quizá a sus deseos pero no desde luego a sus inclinaciones. Los pocos objetos personales los cuadros, la servilleta colgada, el cobertor rojo, el jarro sobre la mesa contribuyen a dar a la estancia el aspecto de un lugar al que presta carácter su habitante, una morada llena de paz que el pintor raras veces halló en vida.

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