Sandro Botticelli - Natividad con san Juanito
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Año 1476-1477
Pintura mural desprendida, 200 x 300 cm Florencia, Santa Maria Novella
Movimiento artístico: Renacimiento italiano
Este gran fresco desprendido de su emplazamiento original completaba, en la iglesia florentina de Santa Maria Novella, el conjunto decorativo de la misma capilla para la que Botticelli había pintado poco antes su célebre Adoración de los Reyes, hoy en los Uffizi. La Natividad coronaba el altar como una especie de lunette, situada por encima del cuadro principal, formando junto a él un programa iconográfico coherente dedicado a la infancia de Cristo.
La historia posterior de la obra tiene algo de aventura arqueológica. Con el paso de los siglos, el fresco quedó oculto detrás de otra pintura de altar, y no fue redescubierto hasta 1860, cuando los trabajos de restauración en la iglesia sacaron de nuevo a la luz esta escena que llevaba generaciones sin ser vista. Ese ocultamiento accidental, paradójicamente, contribuyó a preservarla de intervenciones posteriores, aunque los repintes acumulados durante siglos de exposición sí llegaron a poner en duda su autoría, hasta que las restauraciones realizadas en la década de 1880 confirmaron definitivamente la mano de Botticelli.
¿Por qué dudar de una atribución hoy tan asentada? El estado de conservación de cualquier fresco depende enormemente de las condiciones ambientales y de las sucesivas intervenciones que sufre a lo largo de los siglos, y los pesados repintes que se habían superpuesto a la capa original distorsionaban lo suficiente la superficie pictórica como para generar dudas razonables entre los especialistas del siglo XIX. Solo un análisis técnico riguroso permitió finalmente despejar esas incertidumbres.
Estilísticamente, una parte de la crítica ha propuesto adelantar la datación de esta obra, señalando en ella una influencia muy marcada de Filippo Lippi, el primer maestro de Botticelli. En concreto, se ha observado que Botticelli adopta aquí un esquema compositivo muy similar al que el propio Lippi había empleado en su fresco sobre el mismo tema en la catedral de Spoleto, un préstamo directo que confirma hasta qué punto la huella del maestro seguía presente incluso en obras ya relativamente avanzadas de la carrera de su antiguo discípulo.
No todos los elementos de la composición han sido valorados con el mismo entusiasmo por la crítica. La figura de san Juanito, incluida en segundo plano, ha sido señalada como uno de los aspectos menos logrados de la escena, su entrada precipitada en el espacio pictórico introduce una nota de agitación que algunos consideran perturba la intimidad recogida que debería presidir el momento del nacimiento de Cristo. Es un juicio discutible, desde luego, pero refleja bien el tipo de análisis minucioso al que los grandes frescos renacentistas siguen siendo sometidos siglo tras siglo.
Vista hoy en su emplazamiento original dentro de Santa Maria Novella, esta Natividad conserva algo de esa fragilidad propia de los frescos desprendidos, obras que han sobrevivido literalmente separadas del muro que las sostenía en origen, un proceso técnico delicado que solo se hizo posible gracias a los avances en la restauración de pintura mural. Su recuperación en el siglo XIX añade una capa adicional de interés a una obra que, más allá de sus posibles imperfecciones compositivas, documenta con claridad la deuda constante de Botticelli con la lección de su primer maestro.
La técnica del fresco, además, impone una disciplina de trabajo muy distinta de la de la tabla o el lienzo, exige planificar la composición con antelación y ejecutarla por secciones, sobre yeso todavía fresco, sin posibilidad real de corrección una vez seca cada jornada de trabajo. Que Botticelli lograra, dentro de esas exigencias técnicas tan estrictas, una escena de la ternura y la delicadeza que caracterizan a esta Natividad da una idea de la seguridad con la que ya manejaba, a mediados de la década de 1470, los distintos medios pictóricos a su disposición.