Rembrandt - El Descendimiento
Año Hacia 1633
Óleo sobre tabla, 89,4 x 65,2 cm Munich, Alte Pinakothek. Firmado "CRHMBRANDT" (apócrifa)
Entre 1632 y 1646, Rembrandt realizó para el estatúder Federico Enrique de Orange, uno de los personajes más poderosos de la República de las Provincias Unidas, un ciclo de siete pinturas dedicadas a la Pasión de Cristo: Descendimiento, Erección de la Cruz, Ascensión, Entierro, Resurrección, Adoración de los pastores y Circuncisión, esta última hoy perdida, aunque conocida a través de una copia antigua.
Siete cartas escritas por el pintor a Constantin Huygens, secretario del príncipe, poeta y hombre de gran cultura, documentan las peripecias financieras de esta empresa, pero no aclaran del todo la historia del encargo original: es probable que el príncipe adquiriera el Descendimiento en 1633 y solicitara los cuadros restantes en fases sucesivas, a lo largo de más de una década. Los cuadros pasaron después a Düsseldorf, a la colección del príncipe elector del Palatinado, con la cual llegaron finalmente a la pinacoteca de Múnich, donde permanecen hoy reunidos.
La prolongada ejecución del ciclo determinó una cierta discontinuidad estilística, aunque dentro de una notable uniformidad en cuanto a los principios compositivos generales. Es posible que el propio Huygens contribuyera a la invención iconográfica, orientando a Rembrandt hacia modelos áulicos adecuados al lugar de destino final de las obras, el palacio del estatúder en La Haya.
Si en la pintura holandesa de la época no existía tradición para este tipo de imágenes religiosas, prohibidas en las iglesias reformadas tras la iconoclastia de mediados del siglo XVI, se podían hallar en cambio ejemplos válidos en la pintura flamenca contemporánea y en los maestros del Renacimiento italiano. Así, en el Descendimiento resulta evidente la referencia a un cuadro de Rubens pintado para la catedral de Amberes en 1612, que Rembrandt conoció a través de una estampa de Lucas Vorsterman, práctica habitual entre los pintores del norte de Europa para acceder a composiciones de maestros lejanos.
Entre las variaciones que introduce Rembrandt destaca la iluminación dramática, que concentra toda la atención en el cuerpo exánime de Cristo, sostenido a duras penas por los ayudantes que lo descienden de la cruz. En la parte izquierda del cuadro se sitúa el episodio del desvanecimiento de María, motivo rechazado por la doctrina católica de la Contrarreforma pero elegido deliberadamente por el pintor como un elemento más de patetismo emocional. También en la Ascensión del mismo ciclo resulta evidente la referencia a modelos áulicos: el Cristo recuerda directamente al de la Asunción de Tiziano en la iglesia de los Frari, en Venecia.
Resulta llamativo que un joven pintor de apenas veintisiete años, todavía instalado en Ámsterdam y sin vínculos previos con la corte, lograra hacerse con un encargo de esta magnitud, prueba de que su reputación había crecido con extraordinaria rapidez tras su llegada a la ciudad pocos años antes. La firma que aparece en el Descendimiento, considerada apócrifa por los especialistas, no resta importancia a una obra que marcó el inicio de una relación con la corte de Orange que se prolongaría durante más de una década.
Conviene recordar el contexto político y religioso que hace tan singular este encargo: la República de las Provincias Unidas era un estado protestante surgido tras décadas de guerra contra la corona española, y la iconoclastia que había recorrido los Países Bajos a mediados del siglo XVI, con la destrucción sistemática de imágenes religiosas en las iglesias reformadas, explica por qué escenas como esta Deposición carecían de tradición pictórica propia en suelo holandés. Que el estatúder Federico Enrique, máxima autoridad política y militar de la joven república, encargara precisamente a un pintor protestante como Rembrandt un ciclo devocional de raíz católica revela hasta qué punto el gusto cortesano de La Haya se mantenía abierto a modelos artísticos italianos y flamencos pese a las diferencias confesionales. Constantijn Huygens, mediador clave en todo este proceso, había sido además uno de los primeros en reconocer públicamente el talento del joven Rembrandt años antes, cuando el pintor apenas comenzaba a labrarse una reputación en Leiden junto a su compañero de estudio Jan Lievens.