Año Hacia 1628
Óleo sobre tabla, 22,6 x 18,7 cm Amsterdam, Rijksmuseum

Autorretrato con el pelo enmarañado – Rembrandt Harmenszoon van Rijn, hacia 1628, Barroco holandés

Este pequeño óleo sobre tabla es, con gran probabilidad, el autorretrato más temprano que se conserva de Rembrandt, pintado cuando el artista apenas contaba veintidós años y trabajaba todavía en su Leiden natal. Su reducido tamaño y su tratamiento casi experimental invitan a una pregunta central: ¿buscaba realmente el joven Rembrandt dejar constancia de su propio rostro, o utilizaba su propia imagen como modelo de estudio disponible en cualquier momento?

Todo apunta a la segunda posibilidad. En la tabla, los rasgos del pintor quedan envueltos en una penumbra casi total: la luz que ilumina el fondo apenas roza su mejilla y su nuca, mientras que de su vestimenta solo se distingue, con claridad, un cuello blanco. Más que representar su propia efigie con fines de retrato tradicional, Rembrandt parece estar investigando, con auténtica curiosidad, cómo incide la luz sobre un rostro visto de manera casual, casi sorprendido.

Esta forma de trabajar explica por qué es habitual reconocer los rasgos del joven Rembrandt en personajes secundarios de sus escenas religiosas e históricas de estos mismos años: el autorretrato no funcionaba únicamente como género independiente, sino como banco de estudio para el pintor de historia en que Rembrandt aspiraba a convertirse. Practicar ante el espejo sus propias expresiones, sus propios gestos de sorpresa, ira o asombro, le permitía disponer de un repertorio de rostros y emociones que después trasladaba a sus composiciones de mayor ambición narrativa.

El interés de Rembrandt por los fuertes contrastes entre luz y sombra, evidente en esta obra, no surge en el vacío: responde al conocimiento, directo o indirecto, de la pintura de los llamados caravaggistas de Utrecht, artistas como Gerrit van Honthorst, Hendrick ter Brugghen o Dirck van Baburen, que habían llevado a los Países Bajos el lenguaje lumínico de Caravaggio tras sus estancias en Italia. Ese diálogo con la tradición caravaggista se manifestará todavía con mayor claridad en obras del propio Rembrandt de apenas un año después, como La parábola del viejo necio, de 1627.

Técnicamente, la pintura llama la atención por el modo en que Rembrandt aplica el color: en capas espesas y en relieve, trabajadas con la punta del pincel o incluso con la parte posterior del mango, hasta hacer aflorar la capa de preparación clara bajo la pintura oscura. Ese tratamiento matérico, que confiere a la superficie una textura casi táctil, aparece también en otras obras de juventud del pintor, resueltas sobre fondos neutros apenas animados por la incidencia de la luz.

Se sabe que Rembrandt llevó consigo este autorretrato a Ámsterdam en torno a 1632, cuando trasladó allí su actividad profesional en busca de una clientela más amplia y adinerada. De su fortuna posterior dan testimonio una copia antigua, realizada posiblemente por un ayudante o alumno y conservada hoy en Kassel, que algunos estudiosos han llegado a considerar el verdadero original, así como un grabado de 1634 obra de Jan Georg van Vliet, que contribuyó a difundir la imagen del joven Rembrandt mucho más allá del pequeño panel original.

Hoy conservado en el Rijksmuseum de Ámsterdam, este autorretrato constituye un documento excepcional para entender los primeros pasos de uno de los pintores más influyentes de la historia del arte, en el preciso instante en que empezaba a explorar, sobre su propio rostro, el lenguaje lumínico que definiría toda su obra posterior.

Este pequeño panel inaugura, de hecho, una de las prácticas más constantes y estudiadas de toda la carrera de Rembrandt: a lo largo de su vida, el pintor realizaría varias decenas de autorretratos, en pintura, dibujo y grabado, hasta convertir su propio rostro en un género en sí mismo dentro de su producción. Esa serie, única en la historia del arte por su extensión y continuidad, permite seguir el envejecimiento físico del artista casi año a año, pero también observar cómo fue evolucionando su manera de entender la luz, la textura de la pintura y la propia función del autorretrato, desde este primer ejercicio de juventud hasta las introspectivas imágenes de sus últimos años en Ámsterdam.