Picasso - Mujer sentada
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- Pablo Picasso obras de arte
1938
Óleo sobre lienzo, 65 x 50 cm Colección privada

La evolución continua a la que Picasso sometía su propio estilo lo llevó, entre 1937 y 1938, a experimentar con lo que se conoce como la telaraña, una estructura reticular que aprisiona formas y colores dentro de una espiral variopinta de líneas entrecruzadas. En algunos casos extremos de esta etapa, Picasso llegó a realizar retratos en los que la propia materia del rostro humano parecía dar paso al mimbre y a la cuerda trenzada de los cestos, como si la carne se transformara en material de cestería.
Picasso se sintió fascinado por las posibilidades expresivas que este sistema le ofrecía, y para satisfacer su curiosidad ejecutó una serie completa de cuadros y dibujos en los que el soporte, ya fuera papel o tela, quedaba totalmente cubierto por esa trama reticular. En esta obra concreta, una mujer sentada en una silla parece encerrada en un espacio angosto y claustrofóbico, prisionera de una geometría que la rodea por completo. El sombrero de paja que lleva repite, de forma casi humorística, el dibujo circular del seno descubierto, estableciendo un juego de ecos visuales muy característico del Picasso de estos años.
Los segmentos geométricos que construyen el respaldo de la silla y las mangas de la blusa chocan deliberadamente con las líneas curvas del pecho, generando una tensión visual que resulta casi hipnótica: el espectador apenas logra apartar la mirada del centro de la composición. En el rostro deformado, representado simultáneamente de perfil y de frente, un recurso que Picasso venía desarrollando desde los tiempos del Cubismo analítico de finales de la década de 1900, da la impresión de que el artista hubiera introducido rejas metálicas en el lugar de la boca y las fosas nasales, una imagen inquietante que va mucho más allá del simple juego formal.
Conviene situar esta obra en su contexto histórico inmediato. Apenas un año antes, en abril de 1937, la aviación alemana había bombardeado la localidad vasca de Guernica, hecho que Picasso convirtió en su mural más célebre. La angustia de la Guerra Civil española y la creciente amenaza de un nuevo conflicto europeo se filtran en estos retratos de mujeres aprisionadas, encerradas, casi enjauladas por la propia estructura de la pintura. Muchos historiadores del arte han leído este motivo de la telaraña o la jaula como una metáfora visual de la ansiedad colectiva de esos años, un lenguaje simbólico que Picasso llevaría a extremos aún más brutales en las distorsiones de sus retratos durante la Ocupación alemana de París en los primeros años cuarenta.
Durante este periodo, Dora Maar se convirtió en una de las musas principales de Picasso, y su rostro angustiado protagoniza buena parte de la serie de mujeres que lloran pintada en los meses posteriores a Guernica. Aunque esta mujer sentada no está identificada de forma explícita con ninguna modelo concreta, comparte con esas obras la misma atmósfera de tensión contenida. Es precisamente esa capacidad de transformar la angustia histórica en pura invención formal lo que convierte a esta etapa de Picasso en una de las más estudiadas de toda su producción.
El recurso de representar un mismo rostro simultáneamente de perfil y de frente, que Picasso lleva aquí a su extremo más inquietante, hunde sus raíces en los experimentos del Cubismo analítico desarrollados junto a Braque entre 1908 y 1912, cuando ambos pintores buscaban mostrar varios puntos de vista de un mismo objeto sobre una superficie plana, rompiendo con la perspectiva única heredada del Renacimiento. Tres décadas después, en el clima de angustia que precede a la Segunda Guerra Mundial, ese mismo recurso formal, antes celebrado como conquista intelectual, se carga de un contenido emocional muy distinto: la doble visión del rostro deja de ser un juego perceptivo para convertirse en la expresión visual de una identidad fragmentada por el miedo y la violencia colectiva de la época.