Picasso - Corrida
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- Pablo Picasso obras de arte
1934
Óleo sobre lienzo, 97 x 130 cm Colección particular

Representa la batalla entre un toro y un caballo, entre rostros femeninos apenas indicados que observan el sangriento espectáculo. La obra se caracteriza por unas formas planas y simples, muy similares a las de las pinturas románicas de la iglesia de Sant Climent de Taüll, que Picasso visitó durante sus estancias veraniegas en España.
La manera en que se representa a los dos animales se acerca mucho más a un estilo decorativo que a las formas escultóricas de Figuras a la orilla del mar, de 1931, y de Mujer con sillón rojo, de 1932. Los contornos se definen con líneas de colores distintos. El cuerpo del caballo parece encerrado en un marco semejante a la mandorla en la que tradicionalmente se representaba a Cristo en las escenas de la Ascensión. La cabeza del toro se reduce a una estructura de triángulos descompuestos por la boca exageradamente abierta, que hunde y descuartiza al caballo.
Las figuras que, como fantasmas, aparecen a los lados de la escena principal se asemejan, por la disposición a franjas y el aspecto devoto de los rostros vueltos hacia el centro, a los ángeles que acompañan a Cristo bendiciente en la iconografía tradicional. Con un procedimiento contrario pero similar al empleado para sus versiones de la Crucifixión, Picasso introduce dentro de una escena pagana una dimensión claramente religiosa, mientras que en aquellas otras obras se introducían objetos y elementos paganos dentro de la iconografía tradicional cristiana, enriqueciéndola desde el otro extremo.
El tema taurino acompañó a Picasso desde sus primeros dibujos infantiles hasta llegar, apenas tres años después de esta obra, al protagonismo central que el toro y el caballo ocuparían en Guernica. Las iglesias románicas del Pirineo catalán, entre ellas Sant Climent de Taüll, cuyos frescos se conservan hoy en el Museo Nacional de Arte de Cataluña, habían sido rescatadas y celebradas por los historiadores del arte catalán a comienzos del siglo XX como pieza fundamental del patrimonio medieval nacional, y su lenguaje formal, hierático y frontal, dejó una huella profunda en la pintura de Picasso de estos años.
Esta fusión entre el lenguaje religioso medieval y un asunto profano y violento resulta característica del diálogo constante que Picasso mantuvo, a lo largo de toda la década de 1930, entre lo sagrado y lo profano. El cuadro se fecha en 1934, año marcado por una intensa turbulencia personal en la vida del pintor, con su relación con Marie-Thérèse Walter ya consolidada y su matrimonio con Olga Jojlova a punto de romperse definitivamente, un trasfondo biográfico que muchos historiadores han querido leer en la creciente violencia de su iconografía taurina de estos años.
El tema taurino acompañó a Picasso desde sus primeros dibujos infantiles hasta llegar, apenas tres años después de esta obra, al protagonismo absolutamente central que el toro y el caballo ocuparían en el Guernica de 1937. Las iglesias románicas del Pirineo catalán, entre ellas la propia Sant Climent de Taüll, cuyos frescos se conservan hoy en el Museo Nacional de Arte de Cataluña tras un complejo proceso de traslado a comienzos del siglo XX, habían sido rescatadas y celebradas por los historiadores del arte catalán de la época como pieza fundamental del patrimonio medieval nacional, y su lenguaje formal, hierático y frontal, dejó una huella profunda y duradera en la pintura de Picasso durante toda esta etapa de su carrera, mucho más allá de esta obra concreta. Esta obra se sitúa, por tanto, en un momento de transición estilística clara dentro de la producción taurina de Picasso, a medio camino entre las formas todavía volumétricas de comienzos de la década y la iconografía plenamente simbólica del Minotauro que dominaría sus años centrales de los treinta.