Año hacía 1668
Óleo sobre lienzo, 282 x 188 cm Sevilla, Museo Provincial de Bellas Artes

Adoración de los pastores – Bartolomé Esteban Murillo, hacía 1668, Barroco

Otro de los lienzos de la voluminosa serie para el convento de los Capuchinos de Sevilla, esta Adoración decoraba como cuadro de altar una de las capillas laterales de la iglesia. Se trata de una de las últimas interpretaciones de un tema muy repetido a lo largo de la carrera del artista y en el que logró grandes aciertos. Aunque es la única de sus Adoraciones de formato apaisado, en ella se retoman algunos asuntos que el pintor había utilizado ya en el cuadro del mismo tema de la Wallace Collection.

Reaparecen así el pastor que, absorbido en la contemplación del Niño, apoya la mano en el cordero, o la lozana pastora de amplio escote que, cargada con un cesto, dialoga con un niño. Esta pareja, delicadamente pintada a contraluz, reviste particular encanto. El niño no se decide a hacer ofrenda de la gallina y mira a la pastora como pidiendo aprobación, instante que Murillo pinta con su habitual amor por todo lo cotidiano.

La abundancia de personajes la emplea el artista sevillano para plasmar un repertorio de expresiones psicológicas en un entorno de vibrante atmósfera, que diferencia a este cuadro de todas sus demás Adoraciones. La exaltación de lo popular, siempre presente en la pintura del andaluz, aparece en este lienzo en forma de ciclo de la vida, que va desde la infancia hasta la madurez a través de las respectivas figuras del niño, el pastor adulto y el anciano. La iluminación es primorosa, contrastando el foco de luz que penetra en diagonal por la izquierda, y la penumbra del portal de la que sobresale un buey, solo interrumpida por el gracioso rompimiento de gloria de los dos angelitos.

La pintura estuvo en su emplazamiento hasta la Guerra de la Independencia, durante la cual fue llevada a Gibraltar junto con otras obras de Murillo para evitar su incautación por los franceses. Después de la importante desamortización de bienes religiosos de 1836, pasó al Museo de Bellas Artes de Sevilla.

El traslado a Gibraltar de estas obras durante la ocupación napoleónica ilustra bien las estrategias defensivas que las instituciones eclesiásticas sevillanas idearon para proteger su patrimonio artístico frente al expolio sistemático practicado por el ejército francés, un episodio que ya se ha visto repetido en el destino de otras obras de Murillo comentadas en esta misma serie. La posterior desamortización de 1836, que despojó a conventos y monasterios de buena parte de sus bienes en todo el país, resultó paradójicamente decisiva para la formación de las grandes colecciones museísticas españolas modernas, entre ellas el propio Museo de Bellas Artes de Sevilla, que reunió así buena parte de la producción religiosa de Murillo dispersa por los antiguos conventos de la ciudad. Murillo repitió este mismo asunto de la Adoración de los pastores en numerosas ocasiones a lo largo de su carrera, cada versión con variaciones sutiles en la disposición de las figuras, lo que ha permitido a los historiadores del arte trazar con notable precisión la evolución de su estilo maduro a través de esta serie de composiciones sobre un tema devocional tan querido por la piedad popular sevillana. El pintor recurre en esta Adoración a una paleta especialmente cálida y terrosa, dominada por ocres y marrones que refuerzan la sensación de intimidad rústica de la escena, un recurso cromático que Murillo reservaba habitualmente para sus composiciones de temática pastoral y campesina. Esta calidez cromática convierte a la escena en una de las más entrañables de toda la serie sevillana del pintor. El propio Museo de Bellas Artes de Sevilla exhibe hoy esta obra junto a otras piezas maestras rescatadas de los antiguos conventos de la ciudad, formando un conjunto único para comprender la pintura religiosa sevillana del siglo XVII.