1948
Óleo sobre lienzo, 76 x 96 cm Nueva York, colección particular

El sol rojo se come a la araña – Joan Miró, 1948, Surrealismo

En este cuadro, como en tantos otros de Miró, no encontramos una relación directa entre el título de la obra y lo que en ella se representa, lo que demuestra que la habilidad del artista está justo en extraer inagotables posibilidades de invención y combinación de un único universo poético personal. Esto es una prueba más del lazo, ya indisoluble, entre el arte de Miró y la poesía que había cultivado desde sus primeros años en el círculo de la rue Blomet.

Los colores experimentan aquí una ligera variación a causa del tono del fondo, sobre el cual, por ejemplo, el amarillo pierde al superponerse su luminosidad natural. La línea ha perdido buena parte de su elegancia y de su antiguo papel de puente entre una figura y otra: se ha hecho más gruesa, dando lugar a formas que recuerdan ciertos ideogramas del arte oriental, hacia el que el artista se sentía cada vez más atraído por su gracia y por su capacidad de sintetizar múltiples significados en un solo signo compacto.

Las formas aparecen extrañamente aisladas, como en un diálogo solitario; unos ojos mágicos observan la escena, y el símbolo de la feminidad está siempre presente, abajo a la derecha de la composición. En esta obra observamos un nuevo matiz del estilo del artista: cambiar y experimentar constituye, para Miró, un modo de seguir aprendiendo, uno de los instrumentos que le permitían aumentar gradualmente sus capacidades expresivas.

Pintado en 1948, este cuadro pertenece al primer viaje que Miró realizó a Nueva York tras el final de la Segunda Guerra Mundial, un periodo en el que el artista, tras años de aislamiento relativo en Mallorca y Barcelona durante el conflicto, retomaba con renovada energía el contacto con el circuito artístico internacional, cada vez más desplazado desde París hacia la capital estadounidense.

Ese mismo viaje coincidió con el gran encargo del mural para el hotel Terrace Plaza de Cincinnati, uno de los primeros grandes proyectos públicos de la posguerra, que consolidaría definitivamente la reputación internacional de Miró como uno de los pintores europeos más solicitados por el mercado americano.

Cambiar y experimentar era, para Miró, también su modo particular de concebir la realidad que lo rodeaba, enriquecida siempre por los aspectos insólitos, a caballo entre el juego y la magia, que caracterizan toda su obra. En conjunto, esta pintura ha adquirido rasgos difíciles de descifrar del todo, pero conserva un equilibrio perfecto entre color y forma que crea un efecto grato, casi hipnótico, capaz de trasladarnos a un universo encantado.

Conservada en una colección particular de Nueva York, esta obra refleja precisamente el momento en que Miró, ya consagrado internacionalmente, seguía renovando sin descanso su propio lenguaje poético personal.

El mural del hotel Terrace Plaza de Cincinnati, encargado a Miró en 1947 durante esta misma estancia americana, constituyó uno de los primeros grandes proyectos de arte público que el pintor catalán realizaba fuera de Europa, y su ejecución, llevada a cabo en un estudio neoyorquino prestado por el escultor Carl Holty, le permitió a Miró experimentar por primera vez con un formato monumental muy alejado de los pequeños lienzos y tablas que habían caracterizado buena parte de su producción anterior. Esta experiencia americana de posguerra resultaría decisiva para la evolución posterior del artista, que en las décadas siguientes multiplicaría los encargos de gran formato, desde murales hasta esculturas monumentales, sin abandonar nunca del todo la intimidad poética de sus composiciones de caballete más tempranas.

Esta doble escala, la monumental de los encargos públicos y la íntima de los cuadros de estudio, convivirían así en Miró durante el resto de su larga vida.