Miguel Ángel - El Profeta Zacarías

Detalles
Miguel Ángel obras de arte
30 Julio 2026
30 Julio 2026

Año 1508-1509
Fresco, 360 x 390 cm Ciudad del Vaticano, Capilla Sixtina
Movimiento artístico: Alto Renacimiento

De todos los lugares posibles en la vasta bóveda de la Capilla Sixtina, Miguel Ángel eligió situar al profeta Zacarías exactamente encima de la puerta de entrada, en el punto que cualquier visitante contempla primero al cruzar el umbral, y también el que el propio Papa tiene directamente ante su vista cuando oficia misa desde el altar situado en el extremo opuesto. Ninguna ubicación en toda la Sixtina fue elegida al azar, y esta, la del profeta que abre simbólicamente el recorrido de toda la decoración, resulta especialmente significativa.

Las figuras de los siete Profetas y las cinco Sibilas, más grandes que el resto de las representadas en la bóveda, cumplen una doble función: por un lado, dar «peso» visual a las consolas de las que arranca la curvatura arquitectónica del techo; por otro, establecer un orden de lectura para todo el ciclo. ¿Por qué empezar precisamente por Zacarías y no por otro de los grandes videntes del Antiguo Testamento? Porque estas figuras, según la lógica teológica que estructura toda la decoración, son quienes «generan» con su meditación y su sabiduría las visiones que se despliegan en las escenas centrales del Génesis: de su contemplación surgen las imágenes, interpretadas siempre en función del advenimiento de Cristo pero también, de manera más inmediata y política, del propio pontificado de Julio II, presentado implícitamente como cumplimiento de las antiguas profecías.

Una compleja trama de correspondencias organiza la disposición de las doce grandes figuras: los profetas comienzan sobre la puerta con Zacarías, siguen a la derecha con Joel, continúan en el tramo siguiente a la izquierda con Isaías, después Ezequiel, de nuevo a la izquierda Daniel, y culminan, sobre la pared del altar, con Jonás. En los espacios restantes se distribuyen las cinco Sibilas -Délfica, Eritrea, Cumana, Pérsica y Líbica-, voces proféticas del mundo pagano que el pensamiento cristiano del Renacimiento incorporaba sin contradicción alguna al mismo relato de la Redención.

Zacarías aparece de perfil, sentado en un escaño de piedra, pasando las páginas de un libro voluminoso o quizá, en un instante suspendido entre la lectura y la proclamación, a punto de anunciar su contenido en voz alta. Los colores empleados remiten directamente a la tradición cromática florentina que Miguel Ángel había asimilado años antes en el taller de Domenico Ghirlandaio, mientras que la solidez tosca del cuerpo, envuelto en amplios paños, evoca deliberadamente a Giotto, Masaccio y Donatello, los tres grandes referentes de la escultura y pintura florentinas que el artista reivindicaba como su verdadera genealogía artística. La luz entra desde la izquierda, iluminando con fuerza la desnuda rotundidad de la nuca y las páginas del libro mientras deja el rostro absorto sumido en una sombra parcial, un recurso que intensifica la sensación de concentración interior del profeta.

Las complejas profecías contenidas en el libro bíblico de Zacarías se interpretaban tradicionalmente como prefiguraciones de la historia completa de la Redención, y su ubicación junto a la entrada no solo remite a su célebre anuncio de la llegada de Cristo a Jerusalén sobre un asno, sino también a la invitación explícita a la conversión, la humildad y la mansedumbre que el propio texto profético exige como condición necesaria para acceder al Reino de Dios: una lección de humildad, no por casualidad, situada justo en el umbral que separa el mundo exterior del espacio sagrado de la capilla papal.

Detrás del profeta, dos angelotes o genios completan la composición, asomando el rostro con expresiones muy distintas entre sí, uno atento y el otro casi distraído; algunos historiadores han querido ver en el gesto de uno de ellos una alusión velada, casi una broma privada del pintor, a las tensas relaciones que Miguel Ángel mantuvo durante años con su exigente y colérico mecenas, el propio Julio II, aunque se trata de una lectura especulativa que la crítica más rigurosa recibe con las debidas reservas. Sea como fuere, la fuerza plástica de la figura del profeta, ajena por completo a cualquier anécdota biográfica, basta por sí sola para justificar su posición privilegiada: pocas imágenes de la bóveda transmiten con tanta economía de medios la idea de una sabiduría antigua, silenciosa, entregada por entero a la lectura de un texto cuyo verdadero significado solo el tiempo terminará de revelar.

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