Francisco de Goya - Goya asistido por el doctor Arrieta
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- Francisco de Goya obras de arte
1820
Óleo sobre lienzo, 115 x 79 cm Minneapolis, Institute of Arts
(Firmado y fechado en la dedicatoria, en la parte inferior)

La dedicatoria manuscrita que Goya inscribió a su médico, el doctor Eugenio García Arrieta, a quien vemos sosteniendo con afecto y obstinación a un pintor completamente falto de fuerzas, aporta todos los detalles necesarios para comprender esta obra: Goya, agradecido, dedica el cuadro a su amigo Arrieta por el acierto y esmero con que le salvó la vida durante una aguda y peligrosa enfermedad padecida a finales de 1819, cuando el pintor contaba setenta y tres años de edad, cuadro pintado finalmente en 1820.
¿Por qué eligió Goya dedicar un exvoto pictórico a su médico en lugar de a una imagen religiosa tradicional? Se trata de un intensísimo autorretrato de la vejez que el pintor, destruido físicamente y gemebundo, realiza casi a modo de exvoto para conmemorar su salvación tras esta enésima dolencia grave, dedicándolo no a la Virgen, como habría sido lo tradicional en la pintura española de la época, sino, en un gesto de talante decididamente ilustrado, a su propio médico de cabecera.
En torno a la pareja formada por Goya y Arrieta aparecen, sumidos en la oscuridad del fondo, los rostros confusos y deformes de algunos asistentes que parecen contemplados a través del propio delirio febril de la enfermedad, un recurso pictórico que refuerza considerablemente la sensación de angustia física y desorientación mental que domina toda la composición.
Se trata del último autorretrato conocido de Goya, y en comparación con el que había pintado años antes para la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, en el cual se mostraba como un hombre ya gastado por la edad pero todavía fuerte y voluntarioso, este retrato, pintado en un momento personal verdaderamente trágico, nos presenta a un Goya completamente sin defensas, abandonado en brazos de su médico, con los ojos cerrados como señal explícita de ceguera temporal, el escaso cabello revuelto, la boca plegada visiblemente por el dolor y el cuello flojo, incapaz ya de sostener por sí solo el peso de la propia cabeza, que cae hacia atrás sobre la almohada.
Podría casi tratarse de una máscara mortuoria si no se percibiera, en la propia factura pictórica, el lamento silencioso proferido por un hombre ya caduco que, con un hilo de voz apenas audible y con su doliente presencia física, se afirma todavía, pese a todo, contra las sombras crecientes de la muerte que parecen cernirse sobre la escena entera.
Esta capacidad de Goya para transformar su propia fragilidad física extrema en materia pictórica de primer orden, sin concesión alguna al embellecimiento convencional, constituye uno de los testimonios más conmovedores de toda la historia del autorretrato occidental, comparable en su honestidad brutal únicamente a los últimos autorretratos de Rembrandt pintados en circunstancias vitales igualmente adversas.
Conservado hoy en el Minneapolis Institute of Arts, en Estados Unidos, este cuadro representa así el testimonio final y más desgarrador de la larga serie de autorretratos que Goya realizó a lo largo de toda su vida, culminando una tradición personal de introspección pictórica iniciada décadas antes en plena juventud madrileña.
Esta obra, ejecutada apenas unos años antes de la propia muerte de Goya en Burdeos, forma parte de un conjunto reducido pero especialmente intenso de pinturas dedicadas a la enfermedad y a la fragilidad física del propio artista, un tema que el pintor abordaría también, de manera más oblicua, en algunas de las Pinturas negras realizadas durante esos mismos años finales de su vida en la Quinta del Sordo. Pocas imágenes de la pintura española transmiten con tanta franqueza la fragilidad física de la vejez enferma. La dedicatoria manuscrita, cuidadosamente redactada, subraya la gratitud sincera del pintor hacia su médico personal.