Año 1606-1607
Óleo sobre lienzo, 110 x 86 cm Madrid, Museo Nacional del Prado. En depósito en el Museo de Santa Cruz de Toledo
Movimiento artístico: Manierismo

San Juan Bautista y san Juan Evangelista – El Greco, 1606-1607, Manierismo

Esta obra pertenece a un tipo de encargo relativamente habitual en el taller toledano de El Greco, la pareja de santos, un formato muy demandado por conventos y particulares de la ciudad. La asociación concreta entre estos dos Juanes, el Bautista y el Evangelista, pudo obedecer a un sentido doctrinal específico impuesto por el comitente, o simplemente a la coincidencia de nombre entre ambos santos, una práctica de emparejamiento con raíces mucho más antiguas de lo que podría pensarse.

Esta iconografía de santos emparejados no era en absoluto una novedad para El Greco. Ya en manuscritos y marfiles bizantinos del siglo X se representaban parejas de santos siguiendo esquemas compositivos similares, y en España la práctica resultaba igualmente habitual, hasta el punto de que el propio pintor pudo haber tenido ocasión de contemplar los ejemplos que distintos maestros españoles habían realizado para El Escorial entre 1576 y 1584, durante la gran campaña decorativa impulsada por Felipe II. Las dos figuras enflaquecidas de este lienzo, de una sugestión visual extraordinaria, recuerdan directamente a los iconos bizantinos y representan el desarrollo extremo de una tipología de santos que ya aparecía, de forma más contenida, en los fondos de los grandes retablos de los primeros años toledanos del pintor.

Colocados en paralelo pero separados por una notable distancia psicológica, ambos personajes parecen casi mudos comparsas, cada uno encerrado en su propia introspección. San Juan Bautista, de cuerpo semidesnudo cubierto con pieles a la manera de un eremita del desierto, señala con un gesto de la mano hacia la cruz, junto a la cual descansa un cordero, atributo que recuerda la célebre frase que el propio santo pronunció al ver a Jesús, «He aquí el Cordero de Dios». San Juan Evangelista, por su parte, aparece según la tradición iconográfica como un joven imberbe acompañado del águila, su atributo característico, además de un cáliz del que emergen serpientes, un detalle que procede de una fuente apócrifa según la cual el santo, forzado a beber un veneno mortal por negarse a sacrificar a los dioses paganos, bendijo la copa dorada, de la que brotaron entonces las propias serpientes venenosas ya inofensivas.

Ambos santos quedan sumergidos en una atmósfera surreal e inquietante, invadida por nubes oscuras que envuelven las figuras de manera casi orgánica, una sombra inquietante alrededor del Bautista y un remolino vertical en torno al Evangelista. Al fondo se distingue un paisaje oscuro y pedregoso, con algunos árboles en el término más lejano, donde se vislumbra un edificio que recuerda inequívocamente al monasterio de El Escorial.

El recorrido de este lienzo tras la muerte de El Greco resulta revelador de las vicisitudes habituales del patrimonio artístico toledano, permaneció en la iglesia jesuita de San Ildefonso hasta 1956, pasó después al Museo de San Vicente hasta 1961, se depositó a continuación en el Museo de Santa Cruz de Toledo, y finalmente fue adquirido por el Estado español para el Museo del Prado en 1998, aunque sigue depositado físicamente en la propia Toledo. Se trata, además, del único ejemplar autógrafo conocido de El Greco sobre este preciso tema.

El propio tratamiento de las nubes como formas envolventes casi tangibles, capaces de rodear y aislar a cada santo en su propia esfera atmosférica, constituye uno de los recursos más personales y menos imitados de toda la pintura tardía de El Greco. Ningún otro pintor español contemporáneo suyo se atrevió a disolver de esta manera el espacio circundante en volutas de materia casi líquida, un procedimiento que convierte el cielo mismo en un elemento narrativo activo, capaz de participar emocionalmente en la escena en lugar de limitarse a un simple telón de fondo neutro.

La delgadez extrema de ambas figuras, casi esqueléticas bajo sus ropajes, responde a la misma lógica de ascetismo espiritual que domina buena parte de la producción religiosa final de El Greco, cuerpos despojados de toda carnalidad terrenal para convertirse en pura tensión vertical hacia lo divino, una elección estética que distingue radicalmente su producción tardía de la solidez corporal todavía presente en sus obras venecianas y romanas más tempranas.