Año 1874
Óleo sobre lienzo, 60,5 x 80 cm, París, Musée d'Orsay

El puente de Argenteuil – Claude Monet, 1874, Impresionismo

El año de realización de El puente de Argenteuil marca un momento fundamental para los pintores del grupo que expondrían juntos por primera vez: 1874, el año en que un conjunto de artistas hasta entonces rechazados sistemáticamente por el Salón oficial decide organizar su propia muestra independiente en el antiguo estudio del fotógrafo Nadar, en el bulevar de los Capuchinos de París. Monet logra en estos años resultados de extraordinaria claridad en sus indagaciones sobre las calidades lumínicas.

Este cuadro es una de sus obras maestras de aquel momento: un fragmento de realidad indagado con una intención profundamente analítica que produce, sin embargo, la sensación poética del estupor ante el simple hecho natural. Resulta delicadísimo el modo en que el pintor funde los diversos valores luminosos, centrándose sobre todo en la reproducción de las transparencias del agua y del cielo. La pincelada se fragmenta en toques diminutos para captar el centelleo de la luz que reverbera sobre las cosas y sobre las transparencias del agua, que refleja a su vez las barcas, el puente, los árboles y los edificios de la orilla.

Precisamente en esa misma exposición de 1874, Monet presentó un cuadro titulado Impresión, sol naciente, cuyo título daría pie, de manera casi accidental, al nombre con el que se conocería para siempre a todo el movimiento: el crítico Louis Leroy, en una reseña burlona publicada poco después, empleó el término impresionistas con intención despectiva, un apelativo que los propios pintores terminarían adoptando con orgullo.

Argenteuil, pequeña localidad a orillas del Sena situada a pocos kilómetros de París, se convirtió durante estos años en uno de los lugares predilectos de la nueva pintura al aire libre: Monet residió allí entre 1871 y 1878, y por sus orillas pasaron también, en distintos momentos, Renoir, Sisley, Manet, Caillebotte y Berthe Morisot, todos ellos atraídos por la misma combinación de vida burguesa de recreo, embarcaciones de vela y luz cambiante sobre el agua que convirtió al pueblo en un auténtico laboratorio del impresionismo.

La finalidad de este empeño común entre los distintos pintores es indudablemente cognoscitiva y parte de presupuestos metodológicos muy cercanos al pensamiento teórico contemporáneo sobre la percepción: la visión es entendida como un momento de toma de conciencia, de interiorización de un dato de la realidad que depende de impulsos externos que, actuando sobre la retina, son después elaborados por el cerebro de cada observador.

Conservado en el Museo de Orsay de París, este lienzo permite observar de cerca el momento exacto en que un pequeño grupo de pintores, reunidos por la amistad y por un mismo lugar de trabajo, terminó por dar nombre a uno de los movimientos artísticos más influyentes de la historia moderna.

La construcción del puente ferroviario de Argenteuil, reconstruido pocos años antes tras su destrucción durante la guerra franco-prusiana de 1870-71, se convirtió por sí misma en un motivo recurrente para Monet, que lo pintó en múltiples ocasiones desde distintos ángulos y en distintas condiciones de luz, casi como un primer ensayo del método de series que desarrollaría plenamente décadas después con sus catedrales de Ruan o sus almiares.

Esta capacidad de convertir un mismo motivo, aparentemente banal, en objeto de una investigación pictórica continuada a lo largo de meses o incluso años, es uno de los rasgos que distinguen ya desde estos primeros años setenta al Monet más maduro del que se limitaba, como otros paisajistas de su generación, a registrar impresiones puntuales sin voluntad de sistematización.

Este puente concreto de Argenteuil sería demolido y reconstruido varias veces a lo largo del siglo XX, pero las numerosas telas que Monet le dedicó en estos años setenta siguen siendo hoy el testimonio visual más completo de su aspecto original.