Miró - Siesta

Detalles
Joan Miró obras de arte
04 Enero 2014
11 Agosto 2026

1925
Óleo sobre lienzo,
97 x 146 cm
París, Musée National d’Art Moderne, Centre Georges Pompidou

Miró nos ofrece aquí otro de los maravillosos esfumados de azul que tantas veces aparecen en sus cuadros de mediados de los años veinte. En las huellas de los gestos que han generado ese azul, el fondo revela su falta de homogeneidad y se torna transparente, móvil, vibrátil. ¿Es cielo, es nube, es mar? Se ha perdido ya todo contacto directo con la realidad visible; es el color el que adquiere poder, el que se vuelve comunicativo, junto con formas, líneas y una escritura casi caligráfica.

Precisamente la línea subraya, evidencia, se yuxtapone al color con su propia sensibilidad y potencia. Las letras de un lenguaje hasta entonces desconocido forman enigmáticas fusiones entre letra y número. Los escasos elementos que se recortan sobre el fondo no hacen sino acentuar la tridimensionalidad conseguida por una composición que, a primera vista, podría parecer plana y esquemática.

A pesar de la fantasía poética que sugiere el cuadro y de su apariencia de pintura incontrolada, nacida de un gesto instintivo, los estudios preparatorios de esta obra, como los de tantas otras del mismo periodo, atestiguan su carácter en realidad muy reflexivo, calculado hasta alcanzar un equilibrio prácticamente perfecto entre todos sus elementos. Los cuadros del artista brotaban, desde luego, de su mente, pero se debían siempre a impulsos que partían en última instancia de la observación de la realidad.

Miró, a diferencia de otros surrealistas de su generación, no estimulaba su creatividad con alcohol ni con drogas: se limitaba a dejar que las asperezas del propio soporte pictórico, un lienzo poco preparado, con su textura irregular visible, le sugirieran imágenes que después desarrollaba con método. En el surrealismo, el pintor catalán redescubrió sobre todo la poesía que ya llevaba dentro de sí desde su juventud barcelonesa, y que continuaría nutriendo durante el resto de su carrera.

Estos años parisinos son también los del célebre estudio de la rue Blomet, donde Miró trabajaba puerta con puerta con el pintor André Masson, y donde ambos recibían con frecuencia la visita de poetas y escritores como Michel Leiris o Antonin Artaud, un ambiente de intercambio constante entre pintura y literatura que dejó una huella profunda en toda esta etapa de su obra.

En junio de 1925, la galería Pierre de París expuso, con una insólita inauguración celebrada a media noche, todas las obras pintadas por Miró en la capital francesa. El público fue muy numeroso, y hubo gran curiosidad por relacionar al pequeño pintor catalán, vestido aquella noche con impecable estilo oficial, con una obra tan libre y desconcertante como la que aquí se exhibía.

Conservada en el Centre Georges Pompidou de París, esta pintura sigue siendo hoy un ejemplo perfecto de cómo Miró logró convertir el azar aparente en un lenguaje pictórico plenamente controlado y personal.

El propio Miró se refería años después a estas composiciones de mediados de los años veinte como sus pinturas oníricas, un término que reflejaba con precisión el modo en que concebía el proceso creativo en aquella etapa: dejando que el hambre, la fatiga o los estados alterados de conciencia provocados por largos periodos de ayuno voluntario abrieran su mente a asociaciones visuales inesperadas, que después trasladaba al lienzo con un control técnico y compositivo mucho mayor del que su apariencia espontánea sugiere a primera vista.

Este periodo de la rue Blomet, compartido con André Masson y frecuentado por poetas como Leiris o Artaud, resultaría decisivo también para la propia definición teórica del surrealismo como movimiento: fue precisamente en aquel entorno donde se gestaron muchas de las ideas sobre la relación entre pintura y escritura automática que André Breton sistematizaría poco después en sus manifiestos.

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