Año hacia 1469
Óleo sobre tabla, 15,7 x 12,8 cm Washington, Nacional Gallery of Art, Kress Collection

Virgen de la Granada (Madonna Dreyfus) – Leonardo da Vinci, hacia 1469, Alto Renacimiento

Esta obra, que no ingresó en la colección Kress hasta 1951, ha tenido una trayectoria muy discutida en cuanto a su atribución, con oscilaciones entre Andrea del Verrocchio, su taller y Lorenzo di Credi. Hoy es aceptada por la crítica como la primera obra conocida de Leonardo da Vinci.

En efecto, la tablita deja ver la mano de un alumno de Verrocchio todavía inmaduro pero dotado de un talento fuera de lo común, que bien pudo ser Leonardo antes incluso de cumplir veinte años. Para convencerse de ello basta compararla con una pintura conservada en el monasterio de los camaldulenses, semejante en planteamiento y procedente igualmente del taller de Verrocchio, pero de una mano completamente distinta y quizá más débil. Existe además en Dresde un dibujo a punta de plata, atribuido a Lorenzo di Credi, que hay buenas razones para considerar como una idea preparatoria para esta misma pintura.

Esto, sin embargo, no debe inducirnos a pensar que la Virgen de la Granada haya de atribuirse finalmente a este último artista; antes bien, refuerza la idea de que era práctica habitual en un taller renacentista utilizar los mismos estudios y modelos para realizar distintos cuadros, que se convertían así en auténticos bancos de prueba para aquilatar las dotes de cada alumno antes de confiarle encargos independientes.

Leonardo entró en el taller de Verrocchio en Florencia hacia 1466, cuando apenas tenía catorce años, y permaneció allí formándose durante casi una década, hasta que en 1472 se inscribió en la Compagnia di San Luca, el gremio de los pintores florentinos, lo que le permitía ya trabajar de manera independiente aunque siguiera colaborando con su maestro en encargos de mayor envergadura, como era práctica habitual entre los artistas jóvenes de la época.

Las dos figuras de esta pequeña tabla, aun mostrando una gran dulzura y unas intenciones cariñosas, no aparecen todavía del todo bien relacionadas entre sí: la Virgen parece mirar la granada mientras el Niño ofrece a su madre un trozo de la fruta que acaba de arrancar. El acorde cromático resulta armonioso, con una variante de rojo que casa bien con un azul tenue. El rostro de la Virgen emerge de un fondo oscuro, probablemente una pared, entre dos ventanas de forma rectangular que abren a la mirada un paisaje que todavía es solo el embrión del típico paisaje leonardesco que el artista desarrollaría plenamente años después.

Conservada hoy en la National Gallery of Art de Washington, esta pequeña tabla permite observar, con una intimidad casi doméstica, el nacimiento mismo del genio que transformaría por completo la pintura occidental en las décadas siguientes.

El taller de Andrea del Verrocchio, uno de los más activos de la Florencia de mediados del Quattrocento, funcionaba como una auténtica empresa colectiva donde escultura, pintura y orfebrería se practicaban simultáneamente bajo la dirección de un mismo maestro, y donde los aprendices más jóvenes, como el propio Leonardo, empezaban ejecutando tareas menores, fondos de paisaje o detalles secundarios, antes de que se les confiara la ejecución completa de una figura o de una composición entera.

Esta práctica colaborativa explica por qué resulta tan difícil, todavía hoy, deslindar con total seguridad la mano de cada artista dentro de las obras salidas de talleres como el de Verrocchio, y por qué la atribución de esta pequeña Virgen de la Granada a un Leonardo adolescente sigue siendo, pese al amplio consenso actual, objeto de debate entre los especialistas más rigurosos de la pintura del Quattrocento florentino.

Sea cual sea la mano exacta que la ejecutó, esta pequeña tabla conserva intacta la frescura de un taller en plena efervescencia creativa, donde maestro y aprendices trabajaban codo con codo en un intercambio constante de ideas y soluciones formales.