Francisco de Goya - Casa de locos
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- Francisco de Goya obras de arte
1812-1814
Óleo sobre tabla, 45 x 72 cm Madrid, Real Academia de San Fernando
Aparentemente sin relación con los demás cuadros de la serie de la Academia, la Casa de locos es en realidad la representación de la estupidez humana despojada de sus disfraces. Bajo las arcadas en penumbra, donde una luz polvorienta se filtra desde una ventana con rejas, recuerdo de las Cárceles de Piranesi, la asamblea de dementes se agita y retuerce presa del cotidiano delirio.
Desnudos o cubiertos de andrajos desgarrados, los locos escenifican su vida paralela en el subterráneo, alegoría grotesca de los ritos colectivos de los hombres que hollan con sus pasos el escenario superior, el de la visibilidad y la normalidad, que para Goya no escapa a la lógica distorsionada de la locura, a la ceguera de quien no es dueño de su propio destino.
El mundo de la demencia fue una de las obsesiones recurrentes de Goya cuando la época de la enfermedad de 1792 y 1793 lo aisló en el recinto de la sordera. Encontramos trazas de ella ya en uno de los cuadritos pintados sobre hojalata durante su convalecencia, después en numerosos grabados de los Caprichos, donde la carga destructiva y alienante de la puesta en escena de los locos esconde una constante alusión política y social, hasta los presagios expresionistas de las locuras colectivas de la Quinta del Sordo.
La Real Academia de San Fernando, institución que custodia hoy este pequeño panel, había encargado a Goya en estos mismos años una serie de pinturas de gabinete de reducido formato, destinadas a la reflexión privada más que a la exhibición pública, y en las cuales el pintor abordaba temas de gran dureza social, entre ellos escenas de manicomio, corrales de presos y catástrofes colectivas, alejándose deliberadamente del repertorio decorativo y festivo de sus primeros años como pintor de cartones para tapices. Este ciclo íntimo, pintado ya en plena Guerra de la Independencia, anticipa de manera directa la visión desengañada y sombría que dominaría toda su producción final, culminando décadas después en las Pinturas negras de su propia casa.
La Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, institución que conserva este pequeño panel, alberga uno de los conjuntos más importantes de pintura española de los siglos XVIII y XIX existentes fuera del Museo del Prado, y esta Casa de locos ocupa un lugar destacado dentro de esa colección precisamente por representar, en formato reducido, la transición decisiva de Goya hacia el lenguaje visionario y crítico que definiría el resto de su carrera artística tras la crisis de la sordera. Este ciclo de pequeños paneles, pintados en un momento de profunda introspección personal para Goya, marcados por la sordera y el aislamiento social, representa uno de los testimonios más tempranos y elocuentes de su giro hacia una pintura de contenido crítico y visionario. Este pequeño panel, pese a sus reducidas dimensiones, condensa con extraordinaria intensidad visual toda una reflexión filosófica sobre los límites difusos entre la locura individual y la sinrazón colectiva que Goya observaba también fuera de los muros del propio manicomio representado. Una de las imágenes más perturbadoras y a la vez más contenidas de todo el catálogo goyesco. Goya logra aquí, con medios mínimos, una de las reflexiones más profundas de toda su obra sobre la fragilidad de la razón humana. Un lienzo minúsculo que sigue interrogando, siglo y medio después, sobre los límites entre razón y sinrazón colectiva. Una obra que Goya nunca dejó de reelaborar mentalmente. Un pequeño gran cuadro, tan breve como intensamente perturbador para quien se detiene a mirarlo con calma. Inquietante. Una obra maestra en miniatura, sin duda.