1812-1819
Óleo sobre tabla, 46 x 73 cm Madrid, Real Academia de San Fernando

Procesión de disciplinantes – Francisco de Goya, 1812-1819, Romanticismo

En este caso la relación con la escena anterior es notablemente estrecha; se trata otra vez de una tradición religiosa: la procesión de flagelantes que, con el rostro tapado con un trapo y un capuchón cónico en la cabeza, se fustigan con disciplinas para hacer penitencia. Detrás de ellos, al estridente son de los cobres que soplan hombres enmascarados y vestidos de negro, portan en procesión las estatuas de la Virgen, que reluce siniestramente como un ídolo pagano, y de Jesús crucificado, y después estandartes, cruces y linternas llevadas en vilo, bamboleándose sobre la multitud del cortejo, que discurre en oleadas por la calle.

Fascinante y terrible es la perspectiva en curva adoptada por el pintor, con el bastidor de sombra a la izquierda, donde dos monjes de negro rezan arrodillados en el suelo, y la apertura del centro hacia la derecha y, en profundidad articulada, la sucesión de disciplinantes, que imponen su paso lacerado y trastabillante a la muchedumbre de fieles. Las linternas encendidas y el cielo azul oscuro, en el que aletean retazos de nubes sangrientas, parecen indicar la cercanía del crepúsculo; de este modo vemos avanzar la procesión no solo hacia el horizonte sino también hacia la noche, hacia ese sueño de la razón que engendra monstruos.

En un cuadro como este Goya desvela todo el atraso y la sauvagerie a que se entrega España cuando apenas ha concluido el Siglo de las Luces.

Este pequeño panel forma parte de un conjunto de escenas de gabinete, de reducidas dimensiones pero de enorme densidad temática, que Goya pintó durante los años convulsos de la Guerra de la Independencia y la posterior restauración absolutista, un ciclo destinado a la reflexión privada más que a la exhibición pública que documenta el creciente pesimismo del pintor sobre la persistencia de las tradiciones más oscurantistas en la España de su tiempo. Estas procesiones de disciplinantes, practicadas todavía en algunas regiones españolas durante la Semana Santa, representaban para Goya el ejemplo perfecto de cómo el fanatismo religioso podía sobrevivir intacto pese a las décadas de ideas ilustradas que habían circulado por el país.

Este tipo de procesiones penitenciales, con sus flagelantes encapuchados y sus imágenes sagradas paseadas en volandas, hunde sus raíces en tradiciones devocionales medievales que se mantuvieron vivas en distintas regiones de la Europa católica hasta bien entrado el siglo XX, y que Goya observa aquí con una mirada entre fascinada y crítica, muy lejos de la simple ilustración costumbrista. Goya observa esta procesión con la misma mirada entomológica y distanciada que aplicaría poco después a las multitudes deshumanizadas de las Pinturas negras, tratando a los penitentes menos como individuos que como fragmentos de un organismo colectivo movido por impulsos ajenos a la razón ilustrada que el propio pintor había defendido durante buena parte de su carrera anterior. Un pequeño panel que condensa, con extraordinaria economía visual, toda una crítica velada a las supervivencias del fanatismo religioso en la España de su tiempo. Goya no juzga explícitamente a los penitentes representados, prefiriendo dejar que la propia composición, oscura y opresiva, hable por sí sola del peso histórico de esta tradición. Goya nos deja, en apenas medio metro de tabla, uno de los testimonios visuales más intensos sobre el peso de la tradición en la España de su tiempo. Goya, sin decir una palabra explícita de condena, deja que la propia oscuridad de la escena hable por sí sola con voz suficientemente elocuente. Una imagen que perdura, inquietante, en la memoria de quien la contempla despacio. Un lienzo diminuto. Definitivo. Una.