Francisco de Goya - La Maja vestida

Detalles
Francisco de Goya obras de arte
03 Septiembre 2017
31 Agosto 2026

Año hacia 1800
Óleo sobre lienzo, 95 x 190 cm Madrid, Museo Nacional del Prado

El 16 de marzo de 1815, la Cámara Secreta de la Inquisición española ordenaba lo siguiente: que se llame a comparecer ante este tribunal al llamado Goya, para que reconozca y diga si son obra suya, con qué motivo las hizo, por encargo de quién y qué fines se proponía. Las dos Majas, la vestida y la desnuda, habían salido a la luz entre los bienes confiscados al depuesto ministro Manuel Godoy, favorito todopoderoso de Carlos IV, pero falta el documento original del encargo y no sabemos con certeza cuáles fueron las respuestas que Goya dio ante el tribunal inquisitorial, un episodio que envuelve en misterio el origen de una de las parejas de cuadros más célebres de toda la pintura española.

Este vacío documental ha llevado a algunos a creer que las pinturas representan a la duquesa de Alba, una hipótesis romántica totalmente infundada, puesto que no existe semejanza física clara ni constancia de que los cuadros le hayan pertenecido jamás. Sin embargo, la persistencia de esta leyenda fue tal que en 1945 incitó al duque de Alba de la época a hacer exhumar los restos de su antepasada precisamente para disipar de forma definitiva la sospecha, un episodio insólito que revela hasta qué punto esta pareja de obras había alimentado la imaginación popular durante más de un siglo.

Resulta mucho más probable que las dos Majas fueran encargo directo de Godoy, seguramente concebidas como una suerte de díptico mecánico, de modo que la versión vestida tapase a la desnuda y, al levantarse mediante algún mecanismo oculto en el grosor del marco, revelara la versión sin velos. Sabemos que ya estaban en posesión del ministro hacia el año 1800, cuando la Maja desnuda es citada en la visita de un académico a la colección de pintura de Godoy, conservada en su célebre gabinete reservado, un espacio privado donde también se guardaban la Venus del espejo de Velázquez, otra venus italiana del siglo XVI y una copia de la Venus de Tiziano, compañía que sitúa a Goya en la tradición del desnudo mitológico europeo pese a la vigilancia inquisitorial sobre este tipo de imágenes en la España de la época.

La Maja vestida no retrata a ninguna mujer en particular, sino que constituye más bien la imagen idealizada de un tipo social: con su vestido de talle alto, que realza la rotundidad de las caderas, la cintura estrecha, el escote generoso y la españolísima mantilla de encajes negros echada sobre los hombros, la figura encarna el tipo pintoresco de la maja, mujer del pueblo madrileño conocida por su desparpajo y su gusto exuberante en el vestir, un modelo de comportamiento que llegó a ponerse de moda incluso entre las damas de la aristocracia, deseosas de imitar ese aire castizo tan alejado de los modales afrancesados de la corte.

Pero se trata también de una máscara: el tono de la piel no resulta natural, aparece blanqueado y encendido por las chapetas rosadas de las mejillas, los ojos están pintados con bistre y la fisonomía redondeada y coquetuela convierten a la modelo en una venus prosaica, casi una muñeca humana. Tras la caída de Godoy en 1808, ambas Majas pasaron por distintas manos hasta ingresar definitivamente en las colecciones del Museo del Prado durante el siglo XIX, donde permanecen expuestas juntas como testimonio único de un desnudo español que desafió abiertamente la censura de su tiempo.

La censura inquisitorial sobre el desnudo pictórico era, en teoría, muy estricta en la España de finales del siglo XVIII, lo que hace aún más excepcional que Godoy, valido todopoderoso de Carlos IV, pudiera reunir en su gabinete privado una colección de desnudos mitológicos comparable a la de cualquier corte europea. Tras la caída del ministro en 1808, ambas Majas pasaron por distintas manos hasta su ingreso definitivo en el Museo del Prado durante el siglo XIX, donde hoy ocupan una de las salas más visitadas de la pinacoteca, exhibidas siempre juntas como pareja inseparable, tal y como probablemente Goya las concibió desde el principio para su primer y único propietario conocido.

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