Francisco de Goya - El exorcismo (El conjuro)
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- Francisco de Goya obras de arte
1797-1798
Óleo sobre lienzo, 45 x 32 cm. Madrid, Museo Lázaro Galdiano
Romanticismo temprano y pintura negra prerromántica
El exorcismo, de Francisco de Goya, forma parte de la inquietante serie de pinturas de brujería creada para los duques de Osuna. Son obras pequeñas en tamaño, pero enormes en intensidad emocional. Aquí Goya no pinta una simple escena sobrenatural, pinta el miedo humano, la superstición y también una crítica bastante mordaz hacia ciertas creencias de su tiempo.
¿Qué representa exactamente esta obra? La escena muestra a un hombre aterrorizado, arrancado aparentemente de su cama, arrodillado en mitad de un paisaje nocturno mientras reza desesperadamente. A su alrededor aparecen figuras con hábitos oscuros y extraños tocados deformes, casi monstruosos. Sobre ellos flotan demonios y criaturas fantásticas que parecen salir directamente de una pesadilla.
La pintura suele interpretarse como una crítica de Goya a la superstición y al fanatismo religioso. También puede verse como una representación de las alucinaciones y el miedo psicológico de un supuesto endemoniado.
Visualmente, la obra tiene algo hipnótico. La oscuridad domina el cielo, pesada y amenazante, mientras una luz difusa recorre el horizonte con un efecto casi fantasmal. Goya consigue que el paisaje parezca vacío, húmedo, frío. Se siente el viento. Se siente la soledad. Y eso hace que la angustia del personaje resulte todavía más real.
El protagonista está completamente sometido al ritual que le imponen quienes lo rodean. No parece haber esperanza en su oración. De hecho, uno de los aspectos más interesantes de la pintura es esa ambigüedad: ¿los demonios existen realmente o son producto del miedo colectivo? Goya deja la pregunta abierta, y ahí está parte de la fuerza de la obra.
Dentro de la serie de asuntos de brujas, El exorcismo se relaciona con pinturas como El aquelarre, Brujos por el aire o La cocina de las brujas. Todas exploran rituales nocturnos, supersticiones populares y figuras demoníacas extraídas del imaginario español del siglo XVIII. Sin embargo, esta obra tiene una carga psicológica especialmente intensa. Más que mostrar criaturas fantásticas, parece mostrar el terror de creer en ellas.
Hay un detalle curioso que muchos visitantes pasan por alto: estas escenas de brujería fueron encargadas para decorar una residencia aristocrática. Es decir, imágenes profundamente inquietantes destinadas a espacios de ocio y conversación social. Resulta extraño pensarlo hoy, pero en aquella época existía una fascinación enorme por lo oculto, lo irracional y lo macabro.
La técnica de Goya contribuye muchísimo al efecto emocional. La pincelada es suelta, rápida por momentos, muy libre. No busca el acabado perfecto ni el detalle académico. Prefiere crear atmósferas. La luz rasante del horizonte y las zonas oscuras casi sin definir anticipan rasgos que más tarde aparecerán en sus famosas Pinturas Negras. De alguna manera, aquí ya se ve al Goya más moderno y más inquietante.
Además, esta obra refleja un momento importante en la vida del pintor. Goya ya empezaba a distanciarse de la visión optimista de la Ilustración. Había visto demasiada violencia, demasiada irracionalidad humana. Por eso sus pinturas de brujas no son simples escenas fantásticas, son comentarios sobre una sociedad dominada por el miedo y la ignorancia.
¿Por qué sigue siendo importante hoy? Porque habla de algo que todavía existe: el poder del miedo colectivo. Aunque ya no creamos en demonios como en el siglo XVIII, seguimos viendo cómo las personas pueden dejarse arrastrar por rumores, fanatismos o discursos irracionales. En ese sentido, Goya continúa siendo sorprendentemente actual.
El exorcismo destaca por su atmósfera oscura, su tensión psicológica y su mezcla de ironía y terror. No intenta asustar de manera fácil. Más bien incomoda, deja dudas, obliga a mirar otra vez. Y quizá por eso sigue fascinando más de dos siglos después.