El Greco - La Magdalena penitente
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- El Greco obras de arte
Año Hacia 1607
Óleo sobre lienzo, 118 x 105 cm Madrid, colección Arango
Movimiento artístico: Manierismo
Fechable hacia el final de la década de 1600, esta es la versión más extrema y radical que El Greco pintó de un tema que había cultivado desde sus primeros años romanos, la Magdalena penitente. El antiguo modelo de Tiziano, la célebre Magdalena de San Petersburgo que tanto había inspirado sus primeras versiones del asunto, aunque fuera con una iconografía invertida respecto al original, queda aquí completamente atrás. El Greco ha creado, en esta fase final de su carrera, una Magdalena enteramente propia, estática y casi alucinada, que ya no guarda relación alguna con Tiziano, del mismo modo que en otras ocasiones se había ido alejando progresivamente de los modelos miguelangelescos que tanto había admirado en su juventud italiana.
¿Por qué seguir repitiendo un mismo tema una y otra vez a lo largo de toda una carrera? Para El Greco, esas repeticiones ocasionales de un mismo asunto iconográfico servían precisamente para subrayar su propia diferencia respecto a los primeros maestros que lo habían formado, una manera de reafirmar, encargo tras encargo, un modo de pintar orgullosamente único y personal, cada vez más alejado de cualquier referencia externa reconocible. Esta es, de todas las Magdalenas que pintó El Greco a lo largo de su vida, la más intensamente arrepentida, con los ojos llenos de lágrimas vueltos hacia lo alto en una súplica silenciosa. Delante de ella, el libro y la calavera; detrás, un paisaje tempestuoso que envuelve toda la escena en un clima de angustia contenida. Significativamente, han desaparecido ya de esta versión tanto el frasco de perfumes como el crucifijo que solían acompañar a la santa en las composiciones anteriores del mismo tema.
Todo en esta obra posee un timbre metálico y cortante, que algunos historiadores han comparado con la pintura de ciertos maestros ferrareses del siglo XV, conocidos precisamente por ese tratamiento tan duro y anguloso de las formas. La luz delinea con severidad los pliegues de los ropajes azul y rojo de la santa, mientras que sus rizos, tratados casi como pequeñas placas doradas, parecen salidos del taller de un orfebre más que de un pincel pictórico convencional. Las manos, grandes y de una blancura casi desproporcionada respecto al tamaño del rostro, una apoyada sobre el pecho y la otra rozando apenas el libro, subrayan visualmente el estado de arrepentimiento interior de la figura.
Los especialistas han señalado el expresionismo evidente del paisaje que envuelve a la santa, en clara sintonía con el de la célebre Vista de Toledo, pintada apenas unos años antes, un mismo lenguaje pictórico de cielos tormentosos y formas dramáticamente iluminadas que El Greco aplicaba tanto a sus paisajes autónomos como a los fondos de sus grandes composiciones religiosas tardías. El lienzo, publicado por primera vez en 1950 y generalmente considerado obra autógrafa del maestro, perteneció originalmente a la colección Félix Valdés de Bilbao, antes de pasar a través de distintas colecciones particulares hasta su ubicación actual.
En el inventario de bienes que Jorge Manuel redactó en 1621 tras la muerte de su padre se mencionan dos cuadros descritos simplemente como «una magdalena llorando», una descripción que encaja perfectamente con esta versión tan cargada de patetismo emocional, y que confirma la persistencia de esta iconografía concreta dentro del catálogo personal que el propio hijo del pintor conservaba y documentaba.
Comparar esta Magdalena tardía con las versiones más tempranas del mismo tema, la de Budapest de finales de la década de 1570, la de Worcester hacia 1580 o la de Kansas City de mediados de la década siguiente, permite trazar una trayectoria estilística coherente y progresiva, del naturalismo sensual heredado de Tiziano hacia una espiritualidad cada vez más severa y desmaterializada. En esta última versión, la santa ya no parece pertenecer del todo al mundo físico, sus formas se han endurecido hasta adquirir esa calidad casi metálica que los especialistas señalan, como si el propio cuerpo se hubiera ido despojando de carnalidad a medida que la penitencia consumía cualquier resto de sensualidad terrenal.
Esa desaparición progresiva de los atributos más narrativos, el frasco de perfumes, el crucifijo, en favor de una concentración casi obsesiva en el gesto y la mirada de la santa, resume bien el propio camino artístico recorrido por El Greco a lo largo de más de tres décadas de trabajo sobre un mismo tema, cada vez menos interesado en contar una historia y cada vez más volcado en capturar un estado emocional puro, despojado de cualquier anécdota superflua.