Rembrandt - El hijo pródigo dilapida su herencia (La alegre pareja)

Detalles
Rembrandt Harmenszoon van Rijn obras de arte
28 Junio 2018
04 Agosto 2026

Año Hacia 1636
Óleo sobre lienzo, 161 x 131 cm Dresde, Staatliche Kunstsammlungen Dresden, Gemáldegalerie Alte Meister Dresden

Pocas escenas de la pintura barroca holandesa transmiten tanta euforia contenida como esta: un hombre levanta una copa de vino con gesto triunfal mientras una mujer, sentada sobre sus rodillas, sonríe de manera cómplice hacia el espectador. ¿Se trata de un autorretrato feliz del propio Rembrandt junto a su esposa, o de una escena moralizante sobre los peligros del despilfarro? Durante generaciones, la crítica ha oscilado entre ambas lecturas, y es precisamente esa ambigüedad la que convierte a esta obra en una de las más fascinantes de la producción del pintor en los años treinta.

La tradición más antigua identificaba el cuadro simplemente como un doble retrato de Rembrandt y su esposa Saskia van Uylenburgh, con quien el pintor se había casado en 1634, dos años antes de que se fechara esta obra. Bajo el título de La alegre pareja, se interpretaba como una celebración pública de la felicidad conyugal y del éxito profesional que Rembrandt vivía en aquellos años en Ámsterdam, donde se había convertido en el retratista más solicitado de la ciudad.

Sin embargo, el estudio más detenido de la iconografía ha revelado una segunda capa de significado. La escena coincide, en varios de sus elementos, con las representaciones tradicionales del hijo pródigo del Evangelio, que dilapida su herencia entre el vino y la compañía de mujeres de dudosa reputación en una taberna. El pavo real, motivo que en escenas relacionadas con este mismo tema decoraba la mesa, era un símbolo habitual de la vanidad y del derroche en el arte del norte de Europa, y varios dibujos de Rembrandt dedicados a este mismo episodio bíblico muestran una composición muy cercana a la de este lienzo.

Los análisis técnicos y radiográficos han aportado un dato revelador: en algún momento, posiblemente por decisión del propio Rembrandt, el lienzo fue recortado por el lado izquierdo, eliminando una parte considerable de la composición original, entre ella la figura ya esbozada de una mujer tocando un instrumento. Es probable que el pintor buscara así simplificar la escena y concentrar toda la atención en la pareja central, un procedimiento que empleó en otras composiciones históricas de mediados de aquella década.

Esta doble lectura, retrato feliz y parábola moral a la vez, no resulta en absoluto contradictoria dentro de la cultura protestante de la Holanda del siglo XVII, donde el episodio del hijo pródigo se apreciaba precisamente por su valor didáctico: la caída en el pecado y la posterior redención. Si, como se ha propuesto, el cuadro llegó a pertenecer a la familia del tutor de Titus, el hijo de Rembrandt, cobra fuerza la hipótesis de que el propio pintor quiso representarse con un punto de ironía y advertencia moral sobre sí mismo, disfrazado de personaje bíblico.

Más allá de su significado exacto, la obra impresiona por su vitalidad: la pincelada suelta, la luz cálida que ilumina los rostros sonrientes, el gesto extrovertido de Rembrandt levantando la copa hacia el espectador, todo transmite una energía y un placer de vivir que pocas veces volverá a mostrar el pintor con tanta desinhibición en su producción posterior, cada vez más volcada hacia la introspección. Hoy, conservada en la Gemäldegalerie de Dresde, sigue siendo una de las imágenes más vivas y enigmáticas del joven Rembrandt en la cumbre de su éxito social.

Escenas de este tipo, conocidas en la tradición pictórica neerlandesa como compañías alegres, gozaban de gran popularidad en el mercado del arte holandés del siglo XVII, y solían combinar el atractivo visual de una fiesta o un convite con una advertencia moral dirigida a un público protestante muy atento a los peligros de la disipación y el lujo excesivo. Rembrandt, que por esos años empezaba a construirse una sólida reputación como retratista de la élite comercial de Ámsterdam, demuestra en esta obra su capacidad para moverse con la misma soltura entre el retrato de aparato y la escena de género cargada de segundas lecturas, un talento que pocos pintores de su generación llegaron a igualar.

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