Bartolomé Esteban Murillo - El Nacimiento de la Virgen
Año 1660
Óleo sobre lienzo, 184 x 260 cm París, Musée du Louvre
Cuatro años después de pintar el San Antonio con el Niño, Murillo aborda otro lienzo de grandes dimensiones para la catedral de Sevilla. El encargo consistía en un gran cuadro destinado a decorar la capilla llamada de la Concepción Grande, para la cual se consideró oportuno elegir un tema tomado de la vida de María. La pintura permaneció colocada sobre el arco de entrada a la sacristía hasta la llegada de las tropas francesas a la ciudad durante la Guerra de la Independencia española.
En el siglo XIX corrió la noticia de que el Cabildo de Sevilla lo había escondido para evitar que fuera víctima del saqueo del ejército napoleónico. La maniobra, desde luego, no tuvo demasiado éxito, pues el mariscal Soult, muy interesado personalmente en la obra, no tardó en sacarla del país junto con otras muchas piezas maestras de la escuela sevillana. En 1852, su viuda acabaría vendiéndola al gobierno francés por la elevadísima suma de 150.000 francos, cifra que da idea del prestigio que Murillo había alcanzado ya entonces fuera de España.
El interés despertado en el mariscal francés por el cuadro está perfectamente justificado a tenor de su deslumbrante belleza. En él, Murillo realiza una de sus mejores obras: su grandeza reside en el virtuoso dominio del claroscuro puesto al servicio de una composición compleja, resuelta con auténtica maestría. La iluminación puede recordar la de algunos interiores de Rembrandt, aunque también se ha interpretado como un eco de la influencia de Velázquez tras el viaje del pintor sevillano a la corte madrileña en 1658. De igual modo, se ha señalado el posible influjo del rico colorido de Rubens sobre la paleta del artista.
Más allá de estas posibles influencias, Murillo hace alarde de un dominio absoluto de la luz, que distribuye de forma jerárquica sobre el lienzo. Los fragmentos laterales quedan envueltos en una brumosa penumbra que ayuda a destacar con nitidez el nutrido grupo de figuras del primer plano, dominado por la luminosa criatura recién nacida. La armoniosa concordancia entre lo divino y lo doméstico hace olvidar por un momento al espectador que buena parte de las figuras representadas son en realidad ángeles de diversa edad. La composición se acoge a la fórmula veneciana y barroca de agrupar las figuras en un triángulo descendente, recurso muy empleado también por Tiziano y Veronés en composiciones de gran formato.
El destino de esta obra ilustra bien un fenómeno mucho más amplio: el expolio artístico sufrido por Andalucía durante la ocupación napoleónica dispersó buena parte de las obras maestras de la escuela sevillana por colecciones francesas y británicas, razón por la cual hoy resulta más fácil admirar algunos de los mejores Murillos en el Louvre o en Londres que en la propia Sevilla que los vio nacer.
El destino de esta obra ilustra bien un fenómeno mucho más amplio que afectó al patrimonio artístico andaluz durante las guerras napoleónicas: el expolio sistemático que sufrió la región entre 1810 y 1812 dispersó buena parte de las obras maestras de la escuela sevillana por colecciones francesas y británicas, muchas de las cuales nunca regresarían a España. El caso del mariscal Soult resulta paradigmático, ya que además de esta obra se apropió de numerosos lienzos de Murillo y Zurbarán que hoy pueden verse en museos de toda Europa. Resulta significativo que, a diferencia de otras piezas simplemente robadas y nunca restituidas ni compensadas, este Nacimiento de la Virgen siguiera un camino legal posterior, siendo formalmente comprado por el Estado francés a la viuda del mariscal ya en 1852, una transacción que en cierto modo legitimó a posteriori, aunque de forma controvertida, el origen expoliado de la obra.