Miró - Autorretrato (1917)

Detalles
Joan Miró obras de arte
04 Enero 2014
28 Junio 2026

1917
Oleo sobre lienzo
61 x 50 cm
Nueva York, colección particular
Primer periodo - Influencias fauvistas y expresionistas

Joan Miró tenía apenas 24 años cuando pintó este autorretrato en 1917. Lo curioso es que esta obra, junto con otra versión de 1919, representa el único testimonio visual que nos dejó el artista catalán de su juventud. ¿Por qué un pintor que luego se convertiría en uno de los grandes maestros del siglo XX apenas se retrató a sí mismo? La respuesta quizás tenga que ver con su personalidad reservada y su rechazo a la auto-promoción.

Lo primero que salta a la vista es el color. Miró emplea una paleta intensa, vibrante, que no respeta ni siquiera los tonos naturales de la piel. Las carnaciones se tiñen de verdes, azules y rosas fuertes que recuerdan inmediatamente a los fauves franceses y al expresionismo alemán. No busca el realismo fotográfico, sino transmitir algo más profundo, más visceral.

El joven que mira desde el lienzo viste chaqueta formal y pajarita, con el cabello perfectamente peinado y una raya impecable. Es la imagen de un burgués catalán correcto, disciplinado, casi excesivamente pulcro. Esta apariencia causaría años después cierta decepción al influyente crítico Clement Greenberg cuando conoció a Miró en Nueva York en 1947. Greenberg esperaba encontrar al genio bohemio y trastornado detrás de aquellas criaturas fantásticas y grotescas que poblaban sus cuadros. En cambio, se encontró con "un hombre pequeño y compacto, más bien lacónico, de cabeza redonda y rostro afeitado, rasgos menudos y ojos rápidos... un poco nervioso pero también impersonal". El crítico no podía entender qué había llevado a "este burgués" a la pintura moderna más radical.

Pero ahí está precisamente la clave. Este autorretrato captura la tensión entre la apariencia convencional y la revolución interior que estaba a punto de estallar. Miró no necesitaba parecer un artista maldito ni vivir al margen de las normas para convertirse en uno de los pioneros del surrealismo. Su disciplina y método, lejos de ser limitaciones, se convertirían en las herramientas que le permitirían explorar los territorios más absurdos y oníricos del subconsciente.

Técnicamente, la obra muestra un dominio sólido de la pintura tradicional, pero con una libertad cromática que ya anuncia la ruptura. Las pinceladas son visibles, expresivas, y el tratamiento del rostro -con esos ojos oscuros y penetrantes- revela una intensidad que contradice la compostura de la vestimenta. Es como si el color se rebelara contra la formalidad del personaje.

Un detalle fascinante: durante toda su larga carrera, Miró solo volvería a retratarse en una ocasión, durante la guerra civil española. Aquel segundo autorretrato sería radicalmente diferente, cargado de angustia y dramatismo, reflejo de un país destrozado. Este lienzo de 1917 permanece como testimonio de un momento de inocencia y exploración, antes de que la historia y el compromiso político marcaran su obra.

¿Qué hace único a este autorretrato? Primero, su rareza: es prácticamente el único ventana a la juventud del artista. Segundo, documenta un periodo de transición crucial, cuando Miró absorbía las vanguardias europeas antes de encontrar su lenguaje propio. Tercero, revela la paradoja fundamental de su creador: un hombre de apariencia convencional capaz de imaginar universos completamente trastocados.

Hoy esta pintura importa porque nos recuerda que la revolución artística no siempre viene con barbas largas y vidas escandalosas. A veces llega de la mano de alguien con pajarita y el pelo perfectamente peinado, que guarda sus demonios y sus sueños para el lienzo. El verdadero Miró, el de los alambiques fantásticos y los seres bufos, ya estaba ahí, esperando detrás de esa mirada intensa y esos colores imposibles.

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