Francisco de Goya - La romería de San Isidro
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- Francisco de Goya obras de arte
1820-1823
Óleo sobre pared, trasladado a lienzo, 140 x 434 cm Madrid, Museo Nacional del Prado
Esta es otra de las grandes obras de gran formato que forman parte de las llamadas Pinturas negras, pintadas directamente sobre los muros de la planta baja de la Quinta del Sordo, la casa de campo que Goya había comprado a orillas del Manzanares hacia 1819. Aquí lo truculento no reside tanto en el tema en sí como en el tratamiento que le da el pintor. Como en la Procesión de disciplinantes, el fanatismo religioso es objeto de la atención deformante y despiadada del artista, ya anciano y completamente sordo.
En un valle oscuro avanza un cortejo de fieles que invocan una intervención sobrenatural con las bocas desencajadas, los ojos en blanco vueltos al cielo en actitud de delirio, apiñados unos contra otros, caras patibularias, frailes socarrones, mujeres encapuchadas: toda una exhibición de figuras poseídas que parecen aullar sus oraciones como injurias en medio de la noche. La exaltación colectiva, la deshumanización de la multitud, en la cual el individuo pierde sus rasgos propios y se agrega a los demás en una mezcolanza casi irreconocible, alcanza aquí un paroxismo que se condensa sobre todo en el pequeño grupo de rostros desfigurados del primer plano.
Este tipo de procesión nocturna que Goya representa diseminada por las colinas de un paisaje desolado resulta todavía más impactante si se compara con la versión de un tema similar que el propio Goya había presentado casi cuarenta años antes, en uno de sus cartones para tapices más luminosos y festivos: La pradera de San Isidro, de 1788, donde la nobleza madrileña se recreaba entre carrozas de maderas lacadas y sombrillas rosas y verdes a orillas del mismo río, con el perfil blanco de Madrid recortándose al fondo bajo un sol radiante.
Entre una y otra obra median cuarenta años decisivos en la biografía de Goya: la enfermedad que lo dejó sordo en 1792-93, la ocupación napoleónica y la guerra que asoló España entre 1808 y 1814, y finalmente la restauración absolutista de Fernando VII, un régimen represivo que el pintor, ya liberal convencido, vivió con creciente desengaño. Las Pinturas negras, ejecutadas en el aislamiento casi total de su casa de campo, son en buena medida el resultado directo de esa larga acumulación de desilusiones históricas y personales.
Trasladadas del muro al lienzo en 1874 y donadas al Museo del Prado a finales del siglo XIX, estas catorce composiciones constituyen hoy uno de los conjuntos más estudiados y visitados de todo el museo, precisamente por ofrecer, sin ningún tipo de filtro cortesano ni encargo externo que condicionara al artista, la visión más personal y desengañada de toda su producción.
Conservada en el Museo Nacional del Prado de Madrid junto al resto de las Pinturas negras, esta romería nocturna sigue siendo hoy una de las imágenes más perturbadoras jamás pintadas sobre la fe popular y sus derivas colectivas.
Goya adquirió la finca conocida popularmente como la Quinta del Sordo, apodo que en realidad procedía de un propietario anterior también aquejado de sordera y no del propio pintor, en febrero de 1819, cuando ya rondaba los setenta y tres años. Instalado allí prácticamente en soledad, salvo por la compañía de Leocadia Weiss, decidió decorar las dos plantas de la vivienda con estas catorce escenas pintadas al óleo directamente sobre el revoco de los muros, sin encargo de ningún tipo y sin intención aparente de mostrarlas jamás a un público externo, lo que las convierte en el testimonio más libre e íntimo de todo su pensamiento en los últimos años de su vida.
El propio título con el que hoy se conoce esta serie, Pinturas negras, es una denominación tardía acuñada por la crítica del siglo XIX, y no un nombre elegido por el artista, que jamás llegó a explicar por escrito el sentido último de estas imágenes, dejando así abierto un campo de interpretación que los historiadores del arte siguen debatiendo hasta el día de hoy.