El Greco - Supuesto autorretrato
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- El Greco obras de arte
Año 1595-1600
Óleo sobre lienzo, 52,7 x 46,7 cm Nueva York, The Metropolitan Museum of Art
Movimiento artístico: Manierismo
Tras haber pertenecido en el pasado a distintas colecciones madrileñas, este extraordinario retrato llegó a su sede actual del Metropolitan Museum de Nueva York como legado del magnate de la prensa Joseph Pulitzer, incorporándose a las colecciones del museo en 1924. Una restauración realizada en 1947 permitió eliminar una firma apócrifa que se había añadido posteriormente al lienzo, sin que ello afectara en absoluto a la calidad indudable de la pintura original.
¿Se trata realmente de un autorretrato de El Greco? La tradición así lo ha considerado durante generaciones, y algunos estudiosos lo han identificado con el «retrato de mi padre» que su hijo Jorge Manuel citó en el inventario de bienes de 1621, redactado tras la muerte del pintor. Sin embargo, la certeza absoluta sobre esta identificación resulta imposible de alcanzar, y el debate académico sobre su condición de autorretrato se ha prolongado durante más de un siglo, apoyado principalmente en la hipótesis de que el mismo rostro reaparece en varias obras del pintor a lo largo de los años, envejeciendo progresivamente junto al propio artista, como si El Greco hubiera dejado un testimonio visual continuado de su propio paso por la vida.
Entre esas otras posibles autorrepresentaciones destacan notables afinidades con la figura que mira directamente al espectador en El entierro del conde de Orgaz, así como con rostros presentes en obras más tardías como los Desposorios de la Virgen de Bucarest y la Adoración de los pastores del Museo del Prado, ambas fechables ya en los primeros años de la década de 1610, prácticamente al final de la vida del pintor.
El hombre retratado viste un elegante abrigo forrado de piel, un detalle que sugiere el nivel de vida relativamente holgado que El Greco había alcanzado en estos años de plena madurez profesional. El rostro posee un interés extraordinario por sus rasgos marcados y vivaces, de una expresividad casi teatral, una mirada curiosa, sorprendida y hasta divertida que revela un interés vital intenso y un orgullo profesional evidente en un hombre que rondaba ya los sesenta años de edad. Diáfano y de complexión delgada, con orejas grandes y labios de un tono ligeramente violáceo, el rostro recibe una iluminación intensa procedente de una fuente externa que se refleja con particular brillo sobre el cuello de piel del abrigo.
Estos son precisamente los años en que El Greco, instalado ya en su gran taller de las casas de los marqueses de Villena en Toledo, se veía desbordado por encargos de todo tipo, desde los grandes lienzos para el colegio agustino de doña María de Aragón en Madrid hasta numerosas pinturas religiosas y retratos para clientes toledanos. Fueron también años de fricción constante con una clientela a menudo reacia a pagar los precios que el pintor consideraba justos, un conflicto recurrente que ya había protagonizado antes con el cabildo catedralicio a propósito de El Expolio, y que documenta las dificultades económicas persistentes de un artista cuya originalidad estilística no siempre encontraba comitentes dispuestos a valorarla en su justa medida.
Algunos investigadores más recientes han planteado incluso una lectura todavía más audaz, la posibilidad de que El Greco se hubiera representado a sí mismo con la vestimenta laica de un san Pablo o un san Pedro, jugando con la ambigüedad entre el retrato personal y la imagen sagrada. Se trata de una hipótesis sugerente, que encajaría con la costumbre bien documentada de otros pintores del Renacimiento y el manierismo de esconder su propio rostro entre los personajes de sus composiciones religiosas, aunque en este caso concreto la evidencia disponible no resulta lo suficientemente sólida como para imponerse sobre la lectura más tradicional del cuadro como simple retrato personal.
Más allá de cualquier certeza sobre la identidad exacta del retratado, lo que esta obra transmite sin ambigüedad es la capacidad de El Greco para captar, con una economía de medios admirable, la psicología compleja de un hombre maduro, seguro de su oficio pero también consciente de las dificultades cotidianas de sostener un taller tan activo. Esa combinación de vulnerabilidad y firmeza interior es, probablemente, lo que ha mantenido viva durante más de un siglo la fascinación por este pequeño y magnético retrato.