El Greco - La Santa Faz
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- El Greco obras de arte
Año Hacia 1580
Óleo sobre lienzo, 51 x 66 cm Nueva York, colección particular
Movimiento artístico: Manierismo
El origen de esta imagen se remonta al episodio de la Verónica, la piadosa mujer que, según la tradición cristiana, corrió a ofrecer su velo a Cristo durante la subida al Calvario para que se secara el sudor y la sangre del rostro. El milagro que siguió, la impresión sobrenatural de la efigie de Cristo sobre el propio paño, aparece mencionado por primera vez en el evangelio apócrifo de Nicodemo, entre los siglos III y IV, y fue narrado de nuevo en el siglo XIII por Jacobo de la Vorágine en su influyente Leyenda Áurea, la gran enciclopedia de vidas de santos que alimentó buena parte de la iconografía religiosa medieval y renacentista.
El Greco cultivó este tema con particular insistencia en sus primeros años españoles, realizando diversas versiones de la Verónica sosteniendo el sudario, entre ellas un bello ejemplo conservado en el Museo de Santa Cruz de Toledo, donde una hermosa mujer de rasgos españoles, representada de medio busto ante un fondo neutro, sostiene el lienzo de lino en el que se ha impreso la efigie de Cristo, coronado de espinas y con largos cabellos negros. Pero el pintor también exploró una variante iconográfica distinta, la Santa Faz aislada, es decir, la representación del velo con el rostro de Cristo sin la propia figura de la Verónica sosteniéndolo.
Uno de los primeros ejemplos de esta variante fue el que El Greco pintó en 1577 para el retablo del convento de Santo Domingo el Antiguo en Toledo, su primer gran encargo español, enmarcado originalmente en una mandorla de madera tallada. Aquella tabla ovalada permaneció en su emplazamiento original hasta bien entrado el siglo XX, siendo finalmente desmontada del retablo en 1961 y vendida en 1964, un episodio que documenta cómo incluso los elementos integrados en grandes conjuntos artísticos históricos podían dispersarse mediante ventas privadas ya en tiempos relativamente recientes.
Este lienzo de Nueva York, firmado y de una calidad técnica extraordinaria, muestra la fisonomía de Cristo impresa sobre un elegante paño bordado, decorado con sencillas rayas doradas y verdes. ¿Cómo relacionar esta obra con la Verónica de Santa Cruz? Resulta evidente que El Greco transformó aquí en un cuadro completamente autónomo el rostro que la santa mostraba sobre su velo en la composición toledana, repitiendo el mismo cabello oscuro dividido en cuatro largos rizos, la misma corona de espinas, la misma mirada penetrante. La diferencia fundamental está en quién sostiene el paño, ya no las manos de la Verónica sino dos clavos magistralmente pintados, un recurso que despoja la imagen de cualquier narración anecdótica para concentrar toda la atención en el propio rostro sagrado.
Ese proceso de reducción y concentración iconográfica, del episodio narrativo completo a la imagen esencial y aislada, resulta especialmente revelador del tipo de devoción que la Contrarreforma española promovía, una piedad centrada en la contemplación directa e intensa de la imagen sagrada, despojada de todo elemento accesorio que pudiera distraer la meditación del fiel. El resultado es un conjunto sobrio, casi austero en su composición, pero impregnado de una luz que otorga al rostro de Cristo una presencia casi física, capaz de sostener por sí sola todo el peso devocional de la obra.
Esta reducción del episodio narrativo a la sola imagen del rostro encuentra un paralelo interesante en la tradición del icono bizantino que había marcado la formación inicial de El Greco en Creta, donde el retrato frontal y hierático de Cristo, sin narración circundante, constituía precisamente el formato devocional más habitual y respetado. Puede que en estas pequeñas Santas Faces españolas resuene, transformada por completo el lenguaje pictórico occidental, una memoria muy antigua de aquella tradición icónica originaria, un recordatorio de que las raíces bizantinas del pintor nunca desaparecieron del todo, incluso en obras tan plenamente integradas ya en la sensibilidad religiosa de la España de la Contrarreforma.
Comparar las distintas versiones que El Greco realizó de este mismo asunto, la Verónica completa de Santa Cruz, la tabla ovalada de Santo Domingo el Antiguo y esta Santa Faz neoyorquina, permite además apreciar la libertad con la que el pintor reelaboraba una y otra vez sus propias composiciones exitosas, ajustando cada versión al contexto específico del encargo sin renunciar nunca a la coherencia formal del rostro central, verdadero núcleo inalterable de toda la serie.