Miró - Dibujo-collage
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- Joan Miró obras de arte
1933
Collage de postales, papel de lija, aguafuerte y lápiz sobre papel, 108 x 60,4 cm Nueva York, The Museum of Modern Art © 2004, Digital image, The Museum of Modern Art, Nueva York / Scala, Florencia
El collage fue una de las técnicas centrales que Joan Miró utilizó durante los años en que, según sus propias palabras, perpetraba su asesinato de la pintura: un concepto de libertad creativa total y un desafío radical a la pintura entendida en términos tradicionales. A comienzos de los años treinta, mientras trataba por todos los medios de alcanzar una independencia creativa plena, Miró experimentó sin descanso con formas expresivas alternativas que le permitieran imponer su presencia artística con la misma fuerza con que lo estaban haciendo Picasso y Fernand Léger en el mismo momento.
Siguiendo la estela de los planteamientos surrealistas, Miró intentó la vía de una pintura que se plantease de manera autónoma y automática respecto al talento consciente del artista y a la creación deliberada de obras de arte. Sin embargo, y esto resulta especialmente revelador, en realidad no hay quizá nada más alejado de cualquier grado de automatismo puro que sus collages o sus Construcciones, que reproducen, en muchos casos de manera muy fiel, los bocetos que el artista había plasmado previamente en sus cuadernos de apuntes. Es probable que esos bocetos conservaran algo del automatismo surrealista, aunque a menudo estaban dictados por estímulos de naturaleza muy diversa, como los pliegues del propio papel o anotaciones de cosas realmente observadas, más que ser el resultado de signos generados sin control consciente.
En esta obra concreta, Miró pega sobre un fondo uniforme coloreado fragmentos de papel cuidadosamente recortados de revistas, incorporando además postales y papel de lija, un material poco convencional que aporta una textura táctil inusual dentro de la producción del artista. Completa el conjunto con un motivo lineal trazado a lápiz y reforzado con aguafuerte, inspirado en su amplio repertorio personal de signos: estrellas, ojos, figuras filiformes que se convertirían en su alfabeto visual característico a lo largo de toda su carrera. El efecto final conserva, al menos aparentemente, la frescura de la inspiración súbita, aunque sabemos que responde a un proceso mucho más meditado.
Lo que verdaderamente le importaba a Miró, y en esto radica precisamente la diferencia que acabaría llevándolo a distanciarse del movimiento surrealista oficial liderado por André Breton, era la riqueza de posibilidades expresivas que estos experimentos le permitían. Superar continuamente nuevos límites en una búsqueda sin fin es lo que hace que su dilatada producción no resulte nunca repetitiva ni monótona. El propio artista lo resumió con una frase que se ha hecho célebre: no soy grabador ni pintor, sino alguien que tiende a expresarse con todos los medios.
Es posible que el collage ayudara a Miró a lograr esa progresiva liberación formal que perseguía, un proceso que tendría continuidad pocos años después en sus llamadas pinturas salvajes de 1934 a 1938, obras cargadas de una tensión y una violencia cromática que muchos historiadores han relacionado con la creciente inquietud política que precedió a la Guerra Civil española. Esta obra, conservada hoy en el Museum of Modern Art de Nueva York, forma parte de una etapa fundamental para entender cómo Miró construyó, pieza a pieza, un lenguaje absolutamente personal dentro del panorama de las vanguardias europeas de entreguerras.
El collage como técnica artística había nacido apenas dos décadas antes de esta obra, cuando Pablo Picasso y Georges Braque comenzaron a incorporar fragmentos de papel de periódico, entradas de teatro o etiquetas comerciales a sus composiciones cubistas hacia 1912, en lo que se conoce como la etapa de los papiers collés. Miró conocía bien esa tradición, pero la reorienta hacia un terreno mucho más personal y poético, alejado del análisis formal del espacio que había motivado a los cubistas. Mientras que Picasso y Braque usaban el papel pegado para cuestionar la relación entre representación y realidad, Miró lo emplea como disparador de asociaciones libres, más cercano en espíritu a los cadavres exquis practicados colectivamente por el círculo surrealista parisino durante esos mismos años.