Miró - La espiga
Miró - La espiga
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Dalí - Objeto surrealista indicador de la memoria instantánea
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Dalí - Penya-Segats (Mujer delante de los escollos)
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Picasso - La chaqueta amarilla (Dora Maar)
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Miró - Cuerda y personas I
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Miró - La masovera
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Miró - La masovera

1905
Oleo sobre lienzo,
147 x 95 cm
Moscú, Museo Pushkin

Pablo Picasso - Acróbata y joven equilibrista

 

Con la aparición de los personajes del circo hubo también una vuelta parcial al estudio y a la representación de los efectos atmosféricos, sobre todo por los fondos de los grandes cuadros. El interés que Picasso había experimentado un tiempo por estos últimos tenía su origen en su admiración por las obras de los impresionistas; posteriormente, el intenso estudio de la escultura griega otorgó concreción y densidad a las figuras, sin que ello supusiera un retorno a las concepciones académicas. Esta serenidad clásica es también reflejo de la nueva felicidad hallada en su amor por Fernande Olivier.

En esta pintura, a la solemnidad del azul oscuro se yuxtapone el cálido color rosa. Parece como si los viejos, los ciegos y los enfermos hubieran dejado paso a la presencia positiva de temas como la juventud y el amor. Los personajes del circo no son representados en una mísera soledad sino observados y atendidos por sus compañeros. El joven aquí retratado ya no es la figura pálida, demacrada y de aspecto enfermizo que caracterizaba a los personajes del periodo anterior: ahora, la gracia y la armonía llenan y animan estas nuevas composiciones.

  • Diego Velázquez - Menipo

    Año 1639-1642
    Óleo sobre lienzo, 179 x 94 cm Madrid, Museo Nacional del Prado

    Diego Velázquez - Menipo

    Todos está de acuerdo en la autenticidad de ese lienzo, aunque no está firmado, como es habitual en el artista sevillano. Las opiniones, por el contrario, no coinciden en cuanto a la fecha. Por la maestría de la técnica, el cuadro podría corresponder incluso a la última época de la vida de Velázquez. Sin embargo, según el catálogo del Museo del Prado, habría sido pintado en torno a 1639 y 1640 para la Torre de la Parada, el pabellón de caza, al igual que Esopo y Marte, de destino y tamaño similar. Lo cierto es que la cabeza del Menipo revela una notable madurez y una gran fluidez y soltura.

    En cuanto al personaje, una inscripción, que parece de mano del pintor, revela el nombre de "Moenippus", filósofo griego, nacido en Gadara hacia el 270 a. C., autor de algunos poemas satíricos contra los epicúreos y al que se incluye entre los cínicos por su desdén hacia las divisiones sociales y las apariencias. La figura, canosa muestra una edad semejante a la de Esopo,. es alta y flaca y se presenta de perfil, volviendo el rostro hacia el observador con expresión burlesca. Está envuelta en una vieja capa de color azul verdoso que le llega a los pies y que sostiene con la mano izquierda a la altura del pecho. La cara y los dedos son lo único visible del cuerpo. Unas grandes y gastadas botas de cuero y unas calzas deterioradas le cubren los pies y parte de las piernas.

    Velázquez ha pintado admirablemente junto al filósofo un infolio abierto y otro libro en octavo, encuadernado en pergamino y apoyado en un rollo de papel, emblemas de una filosofía que no sirve para vivir y que el cínico desprecia. En segundo plano, a la derecha, un ánfora de terracota, en precario equilibrio sobre lo que parece ser una tabla apoyada en dos rodillos, alusión tal vez a un problema de física, tal vez a la fugacidad de la vida. la luminosidad del suelo parece extenderse al espacio externo del cuadro, como en La meninas. El fondo es de un color tostado muy luminoso, que se acentúa en la parte baja, donde destaca el ánfora ocre.

    Diego Velázquez - Menipo

    Año 1639-1642
    Óleo sobre lienzo, 179 x 94 cm Madrid, Museo Nacional del Prado

    Diego Velázquez - Menipo

    Todos está de acuerdo en la autenticidad de ese lienzo, aunque no está firmado, como es habitual en el artista sevillano. Las opiniones, por el contrario, no coinciden en cuanto a la fecha. Por la maestría de la técnica, el cuadro podría corresponder incluso a la última época de la vida de Velázquez. Sin embargo, según el catálogo del Museo del Prado, habría sido pintado en torno a 1639 y 1640 para la Torre de la Parada, el pabellón de caza, al igual que Esopo y Marte, de destino y tamaño similar. Lo cierto es que la cabeza del Menipo revela una notable madurez y una gran fluidez y soltura.

    En cuanto al personaje, una inscripción, que parece de mano del pintor, revela el nombre de "Moenippus", filósofo griego, nacido en Gadara hacia el 270 a. C., autor de algunos poemas satíricos contra los epicúreos y al que se incluye entre los cínicos por su desdén hacia las divisiones sociales y las apariencias. La figura, canosa muestra una edad semejante a la de Esopo,. es alta y flaca y se presenta de perfil, volviendo el rostro hacia el observador con expresión burlesca. Está envuelta en una vieja capa de color azul verdoso que le llega a los pies y que sostiene con la mano izquierda a la altura del pecho. La cara y los dedos son lo único visible del cuerpo. Unas grandes y gastadas botas de cuero y unas calzas deterioradas le cubren los pies y parte de las piernas.

    Velázquez ha pintado admirablemente junto al filósofo un infolio abierto y otro libro en octavo, encuadernado en pergamino y apoyado en un rollo de papel, emblemas de una filosofía que no sirve para vivir y que el cínico desprecia. En segundo plano, a la derecha, un ánfora de terracota, en precario equilibrio sobre lo que parece ser una tabla apoyada en dos rodillos, alusión tal vez a un problema de física, tal vez a la fugacidad de la vida. la luminosidad del suelo parece extenderse al espacio externo del cuadro, como en La meninas. El fondo es de un color tostado muy luminoso, que se acentúa en la parte baja, donde destaca el ánfora ocre.

  • Diego Velázquez - El bufón…

    Año 1638-1639
    Óleo sobre lienzo, 106 x 83 cm Madrid, Museo Nacional del Prado

    Diego Velázquez - El bufón Juan Calabazas, llamado Calabacillas

    El personaje retratado está sentado trabajosamente en el suelo, dada su deformidad. Lleva un traje verde con cuello y puños de vaporoso encaje de Flandes, pintado con la soltura y la atención que acostumbra Velázquez en los ornamentos. A la derecha del bufón hay una calabaza de la mejor calidad, dorada y brillante, y a su izquierda se ve lo que podría ser un gran jarro de vino o simplemente otra calabaza.

    El apodo Calabacillas, derivado de "calabazas", alude evidentemente a su desgraciada condición. En un primera época, el bufón estuvo al servicio del cardenal infante don Fernando de Austria. Tras la partida de éste a Flandes, en julio en 1632 pasó al servicio del rey Felipe IV. La muerte de Calabacillas aconteció en octubre de 1639, por tanto la fecha del retrato es anterior.

    La imagen del bufón de amplia frente es absolutamente realista: se caracteriza por un evidente estrabismo y por su expresión sonriente. La pintura se cuenta sin duda entre los testimonios más angustiosos de la realidad producidos por Velázquez.

    Diego Velázquez - El bufón Juan Calabazas, llamado Calabacillas

    Año 1638-1639
    Óleo sobre lienzo, 106 x 83 cm Madrid, Museo Nacional del Prado

    Diego Velázquez - El bufón Juan Calabazas, llamado Calabacillas

    El personaje retratado está sentado trabajosamente en el suelo, dada su deformidad. Lleva un traje verde con cuello y puños de vaporoso encaje de Flandes, pintado con la soltura y la atención que acostumbra Velázquez en los ornamentos. A la derecha del bufón hay una calabaza de la mejor calidad, dorada y brillante, y a su izquierda se ve lo que podría ser un gran jarro de vino o simplemente otra calabaza.

    El apodo Calabacillas, derivado de "calabazas", alude evidentemente a su desgraciada condición. En un primera época, el bufón estuvo al servicio del cardenal infante don Fernando de Austria. Tras la partida de éste a Flandes, en julio en 1632 pasó al servicio del rey Felipe IV. La muerte de Calabacillas aconteció en octubre de 1639, por tanto la fecha del retrato es anterior.

    La imagen del bufón de amplia frente es absolutamente realista: se caracteriza por un evidente estrabismo y por su expresión sonriente. La pintura se cuenta sin duda entre los testimonios más angustiosos de la realidad producidos por Velázquez.

  • Diego Velázquez - Juan Martínez…

    Año 1635-1636
    Óleo sobre lienzo, 109 x 107 cm Madrid, Museo Nacional del Prado

    Diego Velázquez - Juan Martínez Montañés

    La identidad del protagonista de este hermoso retrato y por tanto la fecha siguen siendo discutidas, mientras que su autenticidad ha sido ya probada. La opinión dominante es que se trata de Juan Martínez Montañés, amigo de Francisco Pacheco. Montañés nació en Alcalá la Real el 16 de marzo de 1558 y murió en Sevilla, su patria de adopción, el 18 de junio de 1649. La época más importante de su carrera corresponde a 1605-1620, época de su famoso Cristo de la Clemencia de la sacristía de la catedral sevillana y de la Inmaculada de la iglesia parroquial de El Pedroso. La escultura sevillana, que se adelanta en su apogeo a la piptura, influyó notablemente en los pintores de la generación de Velázquez y en éste mismo durante su período sevillano (Inmaculada, 1618; Londres, National Gallery).

    Retrata al escultor probablemente mientras éste observa a su augusto modelo, Felipe IV, en una actitud similar al de propio Velázquez en las meninas, con el instrumento de su oficio (pincel para el pintor, palillo de modelar para el escultor) levantado en el aire, no sobre la obra, como para indicar que la actuación artística depende del disegno interno, que lo coloca a un nivel superior con respecto al arte mecánico, accediendo así, por el contrario, al mundo del Arte.

    Destaca el rostro noble, de mirada penetrante, con la luz sobre el cuello blanco del traje negro, realizado de manera que cada palmo de tela se anime con el justo reflejo, con la maestría típica del retratista. Un fondo neutro, más oscuro, alrededor de la cabeza del escultor, más claro junto a su obra, nos proporciona una concentración de efectos, en los ojos que analizan, en la frente que piensa, en la mano pronta a obedecer a la mente del artista.

    Diego Velázquez - Juan Martínez Montañés

    Año 1635-1636
    Óleo sobre lienzo, 109 x 107 cm Madrid, Museo Nacional del Prado

    Diego Velázquez - Juan Martínez Montañés

    La identidad del protagonista de este hermoso retrato y por tanto la fecha siguen siendo discutidas, mientras que su autenticidad ha sido ya probada. La opinión dominante es que se trata de Juan Martínez Montañés, amigo de Francisco Pacheco. Montañés nació en Alcalá la Real el 16 de marzo de 1558 y murió en Sevilla, su patria de adopción, el 18 de junio de 1649. La época más importante de su carrera corresponde a 1605-1620, época de su famoso Cristo de la Clemencia de la sacristía de la catedral sevillana y de la Inmaculada de la iglesia parroquial de El Pedroso. La escultura sevillana, que se adelanta en su apogeo a la piptura, influyó notablemente en los pintores de la generación de Velázquez y en éste mismo durante su período sevillano (Inmaculada, 1618; Londres, National Gallery).

    Retrata al escultor probablemente mientras éste observa a su augusto modelo, Felipe IV, en una actitud similar al de propio Velázquez en las meninas, con el instrumento de su oficio (pincel para el pintor, palillo de modelar para el escultor) levantado en el aire, no sobre la obra, como para indicar que la actuación artística depende del disegno interno, que lo coloca a un nivel superior con respecto al arte mecánico, accediendo así, por el contrario, al mundo del Arte.

    Destaca el rostro noble, de mirada penetrante, con la luz sobre el cuello blanco del traje negro, realizado de manera que cada palmo de tela se anime con el justo reflejo, con la maestría típica del retratista. Un fondo neutro, más oscuro, alrededor de la cabeza del escultor, más claro junto a su obra, nos proporciona una concentración de efectos, en los ojos que analizan, en la frente que piensa, en la mano pronta a obedecer a la mente del artista.

  • Diego Velázquez - El príncipe…

    Año Hacia 1635
    Óleo sobre lienzo, 209 x 173 cm Madrid, Museo Nacional del Prado

    Diego Velázquez - El príncipe Baltasar Carlos, a caballo

    El príncipe Baltasar Carlos, hijo de Felipe IV y de la reina Isabel de Borbón, nació en Madrid el 17 de octubre de 1629 y murió jovencísimo en Zaragoza, el 9 de octubre de 1646. El cuadro fue realizado para el Salón de Reinos del Palacio Real del Buen Retiro. Según Elías Tormo, Velázquez dio a esta obra su organización perspectívica en función de su colocación como sobrepuerta del salón de Reinos, a gran altura.

    Éste es el motivo por el que la panza del caballo parece desproporcionada a los ojos del observador. Goya hizo un grabado de esta obra. Hay otras muchas copias, muchas de calidad mediocre, mientras que otras versiones, diferentes en estructura, representan al príncipe a caballo con el condeduque de Olivares en el picadero real.

    Mediante un procedimiento genial, típico de Velázquez, los colores del paisaje del fondo, finamente difuminados, muestran todas las transiciones de los planos e indican las estratificaciones atmosféricas sucesivas, perfilando la sierra del Guadarrama cubierta de nieve y ligeramente azulada por la lejanía. Las nubes evidencian el ininterrumpido esfuerzo de Velázquez por pintar del natural y tratan aquí de evocar la pureza y luminosidad del aire de Madrid y sus alrededores.

    Diego Velázquez - El príncipe Baltasar Carlos, a caballo

    Año Hacia 1635
    Óleo sobre lienzo, 209 x 173 cm Madrid, Museo Nacional del Prado

    Diego Velázquez - El príncipe Baltasar Carlos, a caballo

    El príncipe Baltasar Carlos, hijo de Felipe IV y de la reina Isabel de Borbón, nació en Madrid el 17 de octubre de 1629 y murió jovencísimo en Zaragoza, el 9 de octubre de 1646. El cuadro fue realizado para el Salón de Reinos del Palacio Real del Buen Retiro. Según Elías Tormo, Velázquez dio a esta obra su organización perspectívica en función de su colocación como sobrepuerta del salón de Reinos, a gran altura.

    Éste es el motivo por el que la panza del caballo parece desproporcionada a los ojos del observador. Goya hizo un grabado de esta obra. Hay otras muchas copias, muchas de calidad mediocre, mientras que otras versiones, diferentes en estructura, representan al príncipe a caballo con el condeduque de Olivares en el picadero real.

    Mediante un procedimiento genial, típico de Velázquez, los colores del paisaje del fondo, finamente difuminados, muestran todas las transiciones de los planos e indican las estratificaciones atmosféricas sucesivas, perfilando la sierra del Guadarrama cubierta de nieve y ligeramente azulada por la lejanía. Las nubes evidencian el ininterrumpido esfuerzo de Velázquez por pintar del natural y tratan aquí de evocar la pureza y luminosidad del aire de Madrid y sus alrededores.

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