1926
Óleo sobre lienzo, 172 x 256 cm París, Musée National d'Art Moderne, Centre Georges Pompidou

Picasso - El taller de la modista

Picasso pintó este cuadro en enero de 1926; es un claroscuro donde se utilizan unas estructuras curvilíneas para lograr un ritmo decorativo y gestual. Esta obra, junto con El pintor y la modelo y Mujer sentada, inaugura un nuevo género de lienzos en el cual predomina un acentuado grafismo. Las arquitecturas presentes en el lienzo se componen de líneas rectas esenciales, en contraste con las curvas que dan forma a las figuras humanas; a pesar del fraccionamiento de los cuerpos, éstos poseen sinuosidad y gracia, merced a las suaves formas geométricas: círculos, óvalos y espirales. La vuelta y desarrollo del cubismo, ahora muy estilizado en las superficies cromáticas planas y extensas, llevan al artista obtener unos resultados cercanos al surrealismo. El nuevo género con el que Picasso prueba suerte en estos años afectará también a las experimentaciones tridimensionales.