Francisco de Goya - La romería de San Isidro

1820-1823
Óleo sobre pared, trasladado a lienzo, 140 x 434 cm Madrid, Museo Nacional del Prado

Francisco de Goya - La romería de San Isidro

Otra obra de gran formato que forma parte de las "Pinturas negras" de la pieza del piso bajo, en la Quinta del Sordo. Aquí lo truculento no es el tema en sí, sino el tratamiento. Como en la Procesión de discffilinantes,e1 fanatismo religioso es objeto de la atención deformante y despiadada del artista. En un valle oscuro avanza un cortejo de fieles que invocan una intervención sobrenatural con la negras bocas desencajadas, los ojos en blanco vueltos al cielo en delirio, apiñados unos contra otros, caras patibularias, frailes socarrones, mujeres encapuchadas, toda una exhibición de obsesos que aúllan sus oraciones como injurias en medio de la noche. Como en el caso anterior, la exaltación colectiva, la deshumanización de la multitud, en la cual el individuo pierde sus rasgos y se agrega a los demás en una mezcolanza irreconocible, es llevada a un paroxismo que se condensa en el pequeño grupo de rostros desfigurados del primer plano. Este tipo de voyage celiniano que Goya ve en la procesión diseminada por las colinas del desolado paisaje nocturno destaca todavía más si se compara con la versión de un tema similar presentado por Goya casi 40 años antes en uno de sus cartones para tapices más luminosos y festivos: La pradera de San Isidro, de 1788, donde la nobleza se recreaba entre carrozas de maderas lacadas y sombrillas rosas y verdes a orillas del Manzanares, al otro lado del cual se extendía el blanco perfil de Madrid, con las fachadas de iglesias y palacios bajo el sol.

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